lunes, 7 de noviembre de 2011

Martina

Era algo así como una energía telúrica que manaba de su cuerpo desgastado por la pobreza.  Magra y de mediana estatura era ella, inconcebible a simple vista que su estructura física soportara tanta carga, era sorprendentemente capaz de de levantar y trasladar a larga distancia una fanega de maíz sobre su cabeza o un haz de leña seca o una ancha mara rebozada de verduras.  Marta, la hija de Catalina acurrucada en un rincón húmedo y salitroso de su casa, madre de Morocho que se lanzaba a bordo de un carapacho de tortuga marina por la cuesta inclinada del Boquerón  donde Leandro cumplía su ritual agachado, madre de Abdón a quien el Jefe Civil le impacto balazo en una pierna por haberlo gritado, la madre de Cristina que parecía flotar con el espejismo lejano de la Salineta.  Martina, la cargadora insustituible  de Tía Victoria, la que despertaba en cadena con el sonido cacofónico del cabo de pala que iba batiendo por los cerros el joven empleado de Las Salinas, para ir en romería con las sacadoras de sal a los salobres pozos de El Secreto o manantiales de Valle Seco.  Marina, la que era feliz en el ambiente lúgubre de su pobreza, la que jamás claudicó ante la pesada carga que cimbraba sus huesos apenas sostenidos por el  mal amarre de su cintura. ¿Dónde estás ahora, qué te hiciste, Marina, fantasma de mis sueños rotos, imagen intermitente de mis elucubraciones noctámbulas?  

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