domingo, 13 de noviembre de 2011

Chilango

Raro el morador de la Isla que no calce de por vida un sobrenombre.  De allí que  Froilán Lunar, hombre de piel pigmentada,  no escapara del “Chilango”, un apodo sonoro y contagioso que trascendió todas las olas del Mar Caribe donde solía tender sus redes (Chinchorros)  para capturar Cardumen de lisas, jureles, sierras o carites divisados a simple vista o con potentes binóculos por los Vigías apostados desde muy temprano en lo alto del Cerro del Piache.
Chilango, decía la gente, debe tener un santo milagroso en el cielo porque sus caladas por lo general resultan superiores a las de los demás pescadores dueños de las rancherías que ubicadas en lugares estratégicos se diseminan alrededor del litoral isleño.
Los patrones de barcos frigoríficos popularmente conocidos como lanchas “enhieladoras” contrataban el lance mar adentro y cuando no, el pescado era escalado y salado en tierra para extenderlos bajo el ardiente Sol hasta que ya seco pudiera ser comerciado a los barcos mercantes anclados o surtos en el puerto.
El propietario de la Ranchería al igual que el Vigía veterano, estaba dotado de una vista poderosa adiestrada en el oficio para  detectar el cardumen avanzando en cierta dirección y podía identificar la especie de acuerdo con el rielar el mar por impulso del masivo desplazamiento.
Por lo ordinario, el dueño de la Ranchería, muy de madrugada, hacía que los remeros de sus botes cargados de redes bogaran y se quedaran surtos en lugares estratégicos previstos de acuerdo con el tiempo, la temporada y posición de ciertas estrellas y allí aguardaba paciente el cardumen o banco de peces en pleno desplazamiento para cercarlos con sus redes en una envolvente maniobra.  La segunda tarea era llevar el chinchorro hasta tierra, operación larga y tediosa a través de sogas que los “jala mandingas” diestramente anudaban en la cabuya flotante paralela a la plomada de la red que impedía la fuga de los peces.  A veces la plomada se atascaba con algún escollo para lo cual había buzos que aguantaban bajo el agua hasta tres o más minutos despejando la red o remendándola en caso de rotura.
Punta Honda era toda una comunidad de pescadores adicta a la Ranchería de Chilango y cuando el lance era grande y productivo se formaba la gran jolgorio y las ganancias se esfumaban en aguardiente y sonora cohetería, tal cual como ocurre con el minero guayanés cuando le va bien en el corte o barranco o se topa una buena piedra de talla o un aquilatado cochano.

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