viernes, 4 de noviembre de 2011

Luis José


Su Madre y su Tía recostadas de la antigua Iglesia levantada por su abuelo en el siglo diecinueve, lo obligaban a repicar las campanas, alistar la casulla del párroco, pulir los candelabros y  limpiar el mesón de San Pedro.  Sin embargo, nunca lo vimos rezar, más bien silbar largo y tendido como el viento entre las xerófilas, mientras rumbo a la Playa del Medio, llevaba las viandas  al marido de su Tía cuyo oficio consistía armar barcos a fuerza de serrucho, cepillo, achuela, formón y martillo.  En uno de esos barcos, un día de mucha brisa y promesas, el carpintero armador se ausentó de la Isla con toda la familia, incluido Luis José, un chiquillo inquieto y diligente.  ¿Por qué Luis José?  Acaso para aliviarle a su Madre la carga que le impuso el Padre irresponsable que no sabía sino enseñar a leer y escribir, instruir expedientes y hacer hijos alegremente?
            Ausente de la Isla con la esperanza del retorno, Luis José creció, se formó y se hizo hombre de bien y de oficio entre las playas marinas de Falcón y las lacustres de Maracaibo.
            Durante veintiséis años, activo y productivo en los campos petroleros, jamás dejó de pensar en el amor que le tributó a sus cuatro hijos, extendido ese amor hasta los paisanos de su Isla a través de la Sociedad Benéfica que tanto desde tan lejos hizo por Coche ocupándose de renovar las campanas del desaparecido campanario a cielo abierto, procurándole una cámara de oxigeno a los asmáticos, gestionando la fuerza eléctrica durante las 24 horas, auspiciando un ropero escolar y acortando la periodicidad de la gabarra que transportaba el agua de los eternamente sedientos moradores de la Isla de San Pedro.
            Más de un centenar de cochenses activos en los campos petroleros zulianos bajaban de sus barcos y taladros para en el reencuentro concertado darse el abrazo de hermanos, comentar cartas familiares, cantar gaitas, polos, fulías, y  mirar con hidalguía hacia la isla de sus sueños.  De allí entre cuerdas y voces trascendió  “Mi Coche Querido”, gaita que compuso Luis José como tanto otros aires pueblerinos que hacían suspirar y vibrar de entusiasmo a las guarichas en las diversiones fáunicas de su pueblo.
            Desde 1982 que regresó de los campos petroleros con 47 años a cuesta, se hizo líder de la comunidad en asuntos tradicionales y culturales.  Sin ser alcalde ni concejal y sin aspiración por serlo, trabajaba activamente por las obras sociales que reclamaba el pueblo y cooperaba en la organización de las fiestas patronales y en los festivales o diversiones tradicionales de pascuas y año nuevo, en los carnavales, e iba más allá con los muchachos de la escuela y con los hijos de la paternidad irresponsable.  La música y el canto eran la llave.  Todo era posible y continuo sin la ayuda oficial porque Luis José era un trabajador insigne que producía para su propia familia y para los demás por eso un cineasta lo llamó el hidalgo de coche, pues los generosos como él abundan muy poco en el mundo materialista y egoísta de nuestros días.

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