sábado, 13 de octubre de 2018

VICTOR SALAZAR

EL NACIONAL MARZO 1974






En una Casa de Vecindad Vive su Soledad Aplastante
el Premio Latinoamericano de Poesía

·                 Víctor Solazar, autor de "Y ese Tropel de Luces y otros nueve libros, lucha por rescatarse a sí mismo
* Ha logrado descubrirse al romper con el ente racional, dice
Después de ocho años fue despedido
de la Administración Pública, sin previo aviso y sin pago de prestaciones

"'Mi soledad está poblada de fantasmas de la infancia".

Texto de Rafael Arteaga.


El Premio Latinoamericano de Poesía, Víctor Salazar, vive su soledad habitada de re­cuerdos en una desvencijada casa de vecindad de La Pasto­ra.
En tan inhóspito ambiente el laureado autor habla de su último libro, "Y Ese Tropel de Luces", que mereció la honrosa distinción. Pero ad­vierte que se ha hecho el pro­pósito de rescatarse a sí mis­mo, no tanto por él, sino por sus amigos, por quienes creen en él.
"En principio, te diría que éste es un libro al que yo quiero mucho. Un libro que comenzó a nacer despacio, con algo de premura a ratos, pero siempre en la medida en que mis fantasmas se me apa­recían".
En efecto, su conversación infinita está llena de fantas­mas. Se le ataron en la isla dé Coche, desde su nacimiento. Todavía lo asaltan en el cuar­to que oscurece a fuerza de cerrar puertas y ventanas. Es­tán presentes en la llorona, en el descabezado que a la me­dianoche se aparecía en el pueblo. Están presentes en "los chinamos". Estos últimos son duendecillos. Muchachitos que murieron sin ser bautiza­dos. Pero Leandro es el alma del libro. Incluso proporcionó su título. Sucedió así: "Lean­dro llegaba a la bodega de mi abuela y se alejaba con algo que ella le daba: un poco de casabe, de papelón o de coco. A Leandro, mucho tiempo después, lo enterraron entre un tropel de luces. El tropel de luces provenía de las lám­paras de kerosén y de las pe­queñas velas. Como en el pue­blo no existía luz eléctrica, se me ocurrió que a Leandro lo enterraban entre un tropel de luces".
La voz cambia en el re­cuerdo de Leandro. "El está muerto, es cierto, pero me le­gó una herencia: ese acercarse hasta las cosas simples y con­vencer  de quo el mar muy bien nos puede devolver un mundo menos trágico. Un mundo donde el hombre se apegue menos a lo perecede­ro
La figura de poeta larga y huesuda,  se desvanece en el cuartucho oscurecido porque él se afana en cerrar postigos y puertas. Pero resulta inútil. El ruido de los otros morado­res se cuela inevitablemente. La guitarra eléctrica, el llanto de un niño, el regaño de la madre. Todo converge en la estrechez de las paredes verdosas. Huele a orines y jabón de lavar. Siempre huele a ja­bón de lavar. Y Víctor se enconcha en el túnel volunta­rio. Lo hace para poder gritar en las cosas que escribe.
Sostiene que, en todo caso, "Y ese Tropel de Luces" dice del ahogamiento en las ciuda­des, de esos cuartos de hoteles  y pensiones miserables en que le ha tocado vivir.
Actualmente paga 150 bolivares al mes por la pieza que ocupa. Con sus entradas como transcriptor de discursos y conferencias cubre sus pro­pios gastos y atiende a las necesidades de su madre y sus hermanos menores. Ellos vi­ven en una casita pastoreña, más arriba. Víctor Salazar trabajó en el Inciba hasta el año pasado. Fue despedido sin previo aviso y sin pagarle sus prestaciones. Ocho años estu­vo en la Administración Pú­blica, y sin embargo, no fue alcanzado por la protección de la Ley de Carrera Administra­tiva. Otros que ingresaron después, que apenas comenza­ban cuando él salía, ya portan su carnet y están en el engra­naje. Todo eso le duele. Le duele y lo dice.
Hasta ahora, el autor ha pu­blicado diez libros "Piragua", en 1960, "Sequia de Las Palabras· en 1961, “Semejante al Principio", .1945; Éste, su ter­cer libro, obtuvo el primer premio del Concurso de Poe­sía de la Universidad del Zu­lia. Después siguió "El Deste­rrado", en 1965, el cual se ini­cia con un poema muy breve "En cada uno de nosotros hay siempre un desterrado.

hacia adentro, hacia afuera". Se refiere a la presencia del hombre en la ciudad sin calles para descarrilar el sufrimien­to. También es el ahogamiento de los hoteles miserables y grises. En 1965 publicó "Una Elegía para Rosalba". En 1967 "Cartas de la Calle Victoria". El 69 cerró con "Rebelde y Cotidiano". Un poco después "Ailieec", nombre de estrate­gia para disimular su infideli­dad ante la amada. "Lo Ante­rior", selección hecha por Monte Ávila, precedió a "Y Ese Tropel de Luces", Premio Latinoamericano de Poesía.
Víctor Salazar escribió su primer poema a escondidas, encerrado en el baño. Temía que su padre lo descubriera en tales actividades, pues el hombre dudaba de la virilidad de los poetas. Coche era una isla sedienta y oscura. La abuela de Víctor era una de las pocas personas que tenían recursos para fabricar un gran tanque y recoger allí, mediante canales, el agua de lluvia, eran escasos los chaparrones, Casi milagrosos. Cuando el tanque se reple- taba, la gente venía desde muy lejos a llenar sus va­sijas. Una vez, la sequía pa­rió un pueblo: El Secreto. Ese año no había llovido y la gen­te se desesperaba. La gente se moría de sed y los más an­gustiados trataron de beber agua de mar y se desollaron por dentro. Entonces un bu­rro comenzó a hundir sus pe­zuñas en la tierra seca. El bu­rro escarbó y escarbó hasta que, sorpresivamente, un débil manantial aguachinó el lugar. La sed fue aplacada y allí na­ció "El Secreto". Las noches eran negras, alumbradas apenas por las seis lámparas de kerosén que colocaban 'en las principales esquinas. La luz amarillenta agonizaba hasta las diez. Después, sólo el si­lencio.
De niño, el poeta se sentaba frente al mar y lo miraba. Nunca aprendió a nadar. Aun­que suele consolarse en el he­cho de la mujer que habiendo nacido en Coche, nunca cono­ció el mar.
El recuerdo de la abuela y su pulpería aflora continua­mente. La abuela vivía preocu­pada por la muerte. No de­seaba causarle molestias a na­die y se hizo construir su ur­na con el único carpintero del pueblo. Pero la abuela era du­ra y muchos otros murieron antes que ella. Y cada vez, le solicitaban prestada su urna negra y sencilla. Luego se la pagaban con otra caja cuando el carpintero podía hacerla. Así enterraron a medio Coche. Pero cuando la abuela murió, no tenía su urna, pues dos días antes la había prestado para que enterraran al carpin­tero. Entonces los familiares se vieron en la necesidad de ir por otra urna a Margarita.
En la estrechez intencionada de su cuarto el poeta vive una soledad habitada por sus re­cuerdos de la infancia. Eso lo sostiene y él lo sabe. Si su so­ledad no estuviese poblada,- él no podría resistirlo. Juan Lis-cano ha dicho de él que "qui­zá más una suerte de ética existencialista que una estéti­ca del lenguaje, y ese despo­jamiento, esa autoacusación, pueden constituir el punto de partida hacia una liberación que revele la quiebra del ente racional y de la multiplicidad, o bien de alguna manera inu­sitada de estar en paz consigo mismo y con el mundo".
El poeta lo admite. Es cierto, Yo jamás he procurado una estética del lenguaje. Mi problema ha sido un rompi­miento con el ente racional y descubrirme, hallarme, decir que la poesía no está en lo que se piensa, sino en lo que se dice".
. Y hasta pudiera ser, como el mismo Víctor dice en verso tan grande y verdadero como el mundo:  “¡Serás, muerte, la última conjunción de tanto cielo!”.