domingo, 23 de agosto de 2020

LA ANTIGUA IGLESIA DE COCHE



En la FACULTAD DE ARQUITECTURA Y URBANISMO que el próximo 13 de octubre  cumplirá 80 años de haber sido creada (1941) como  Escuela adscrita a la UCV, podríamos suponer que militan dos corrientes: los conservacionistas como Graziano Gasparini y los modernistas que suelen chocar por cuestiones de intervención y contraste cuando se trata  de edificaciones antiguas como la del ingeniero polaco  Alberto Lutowski en Ciudad Bolívar a la que el arquitecto  Oscar Tenrreiro adosó su hasta hora inconcluso proyecto de un teatro que iba en cierto modo a suplantar el antiguo Teatro Bolívar de 1883, demolido el siglo veinte por el gobernador Silverio González  y el cual moraba en el lugar  donde hoy se alza el Palacio Legislativo regional.
En la Isla de Coche ocurrió algo parecido (1971) cuando durante la gobernación de Bernardo Acosta, el arquitecto contratado hizo demoler la Iglesia antigua de estilo colonial para construir la moderna que actualmente ostenta y la cual ha debido construirse al lado sin tocar la antigua que requería restaurarse para conservar la memoria y parte de le identidad del pueblo, sobre todo porque en ella fueron sepultadas gentes que realzaron el urbanismo y la calidad social del pueblo como los Coello, los Carreño, los Cedeño, los Robles Brito.
Yo conocí esa iglesia porque mi madre  fue su Guadiana durante muchos años, por herencia quizás, porque antes lo  era su hermana Juanita que tuvo que radicarse con sus hijos en Tucacas, Falcón, en donde se domicilió su marido carpintero y recio artesano de barcos.
Mi madre me ponía a activar con una cabuya  los badajos las campanas  que repicaba cuando había que sepultar a un niño y doblaba cuando se trataba de adultos.  El Mayordomo de la Iglesia, un  comerciante llamado Tomás Marín, cobraba una peseta de dos bolívares (cuatro reales) cada vez que moría alguien y había que repicar o doblar las campanas.  Esa peseta  la fraccionaba en un bolívar para Mayordomo, un real para la iglesia y el otro real para el campanero que ahorraba para comprar un frasco de emulsión  Scott recomendado para la época para mantenerse fuerte y atajar cualquier afección como el catarro o  la gripe que eran los males más frecuentes, (AF).