sábado, 19 de noviembre de 2011

Maneque

O mejor, Manuel Marval.  Por “Maneque” lo conocí desde que tuve uso de razón y por tal lo conocieron los 5 mil habitantes de  La Uva,  Guamache, Güinima, La Gloria y San Pedro de Coche. Maneque era gordiflón y bonachón  De hablar suave, bromista y mamador de gallo.  La juventud cochera frecuentaba su espacioso establecimiento techado de bambalinas, atraída por su salón de baile alternado con mesas de billar, piscolabis y merengadas inventadas o propuestas por los mismos clientes habituales.  Antes de que viniese la novedad lúdica de las mesas de billar, el salón era un Dancing de fin de semana, de feriados oficiales y fiestas patronales, primero con gramófono, después con toca-discos seguido de rockolas y durante los días de fiesta patronales con música en vivo.
Lo que realmente se hizo popular a toda hora fueron las mesas de billar.  Había que hacer cola para turnarse y echarle tiza a la perilla de los tacos antes de atacar las bolas negra, roja y blanca hasta lograr las carambolas.  Estaba en boga el nombre en todas partes de Willie Hoppe, el mejor jugador de todos los tiempos y tan bueno era Chucho Liboria con el taco que lo endilgaron  ese nombre.
Con uno de esos tacos de billar golpeé malamente al grandulón de Nemesio por meterse  hasta hacer llorar al niño Toribio.  Mi minoría de edad no fue óbice para que el Jefe Civil me encerrara durante 24 horas en un calabozo.               
Una vez sorprendí a Maneque en el patio de su casa bañándose con totuma completamente desnudo y quedé impresionado de su pipi de niño y  me imaginé  a ese gordo con pipi tan corto haciéndole el amor a Josefina, una blanca, hermosa pero pragmática mujer que tuvo tres hijos de mi padre que fue un mujeriego a toda vela.

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