viernes, 18 de noviembre de 2011

Chente

Inocente Salazar Hernández nació seguramente el 28 de diciembre porque el Día de los Inocentes ponía una fiesta en casa de familia amiga y bailaba hasta más no poder con las chicas sobresalientes  del momento.  Primero con música desprendida de la guitarra de Abdón Lozada y el bandolín de Rafael González, después con los gramófonos, las vitrolas y autofónicas y finalmente con el picoteo de Juana y María Lunar.
Chente era blanco como todos los miembros de la Familia Hernández, lejos del color de su Madre.  Tenía la vitalidad de un hombre sano y despierto.  Sin duda el discípulo más aprovechado de Jesús Ramón Coello, tanto que llegó a desempeñar todos los cargos que éste ejerció hasta que la locura producto de la soledad y el desengaño lo pusieron fuera de  órbita.
Chente fue secretario eficiente, maestro de escuela y jefe civil que era lo que más se podía aspirar en la isla.  Con el correr de los gobiernos terminó siendo adeco igual que Manuelito y Edecio Salazar que eran los caudillos.   El únicos contrarios por urredistas era Justo Vásquez y Mallía que hasta preso estuvo sin que pudiera sacar el revólver escondido en la caja-maleta de viajar y que dudaba en sacar entre amenazas y vacilaciones.
Chente después de tanto bailar y bañarse con totuma al borde del estanque de la Jefatura, se casó con Gloria Fernández y montó una tienda en Margarita en donde terminaron de transcurrir sus noventa años sin que el pueblo al que sirvió como maestro, guía y luchador por sus reivindicaciones lo recompensara con el voto el día que aspiró a ser concejal o alcalde para servir mejor.  Yo jamás pude entender ese comportamiento extraño de los pobladores.

Petronila

Petronila era alta, desgarbada y oscura como la noche.  Tenía 90 años cuando la conocí  vegetando en la casa de María Hernández, que se quedó como mi hermana, niña toda la vida.  En la misma casa de Fina, la mamá de Toño Fiona y de la La Morocha, madre de Inocente Salazar (Chente), maestro que me enseñó las primeras letras y  reía cuando me ponía a contar y daba unos saltos enrevesados interrumpiendo la secuencia numérica.
Petronila caminaba todas las mañanas muy temprano de su casa a la bodega de Tía Victoria a zumbarse la mañanita de un solo trago, una copa de ron blanco con olor a fregosa.  Al parecer, según decía,  ese trago matutino era el responsable de su longevidad.
Petronila acortaba la distancia a paso de vencedores llevándose por delante las piedras rodadas del camino, la casa silenciosa de Evangelia, la Iglesia de San Pedro y la morada azul y roja de Mallía.  Ella, Petronila, mantuvo un diálogo inescrutable consigo misma hasta que decidió renunciar a las voces ancestrales de la tierra cabalgando sobre la melaza depurada de la caña de azúcar.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Flores Roblis Brito

“La Uva” queda en un punto geográfico noroccidental de la Isla de Coche.  El nombre seguramente le viene por la existencia allí de  las llamadas Uvas Playeras (Coccoloba uvifera) propias de playas y manglares, leñosas, de hojas verdes redondas con nerviaciones rojizas. Florece y fructifica durante casi todo el año. Sus pequeñas flores verdes se producen en una espiga larga que luego se convierte en un racimo  de frutos jugosos y dulces, de fuerte aroma y buen sabor. La grandeza de sus hojas ofrecen buena sombra, diferentes a los de los viñedos puesto  que no es enredadera y la pulpa de sus frutos envuelve a una sola semilla grande  Las plantas de “La Uva” eran en su mayoría xerófilas y entre los animales abundaba el ganado caprino.  El único habitante de La Uva era Flores Robles Brito junto su único hijo Alejandro y las mujeres del oficio diario compañeras de pescadores de nasascercanos.
Flores Brito era un médico empírico adorado por el pueblo agradecido de sus curaciones casi milagrosas.  Si algún paciente llegaba a fallecer bajo su cuidado, no era porque había fallado  él sino porque Dios estaba para bien o para mal urgido de su presencia allá en el cielo.  Por esa filosofía religiosa de vida estuvo justificada incluso la misma muerte de ese hombre de presencia resaltante, devoto del Corazón de Jesús cuya imagen él mismo costeó para que fuera venerado en la Iglesia del pueblo.
Heredó sus trastos de medicina su hijo Alejandro, quien se mudó al Guamache, una aldea de pescadores relativamente prósperos y desde entonces La Uva quedó así como abandonada y mucho más cuando la Dirección de Asistencia Social del Estado se vio obligada a asignarle un médico permanente a los pobladores de la Isla aprovechando la inmigración de galenos que venían de Europa horrorizados de las consecuencias  de la Segunda Guerra Mundial.  Llegó el Doctor Cooper, que adoptó como diligente ayudante a Chucho Liboria que era alto y delgado como él aunque de color pardo.  Después de Cooper vino en iguales condiciones el doctor Estanislao Windiga Nistan, polaco como el anterior, pero más voluminoso y reconcentrado.  A mí me buscó algunas veces para que las patologías con nombres científicos, le buscara su equivalente en el lenguaje criollo coloquial.  Así por ejemplo, le hacía saber que al asma bronquial los cocheros la identificaban como fatiga.
La vida profesional de Windiga en Coche duró poco porque se apareció un salvaje de la política margariteña  y por quítame esta paja de la oreja le dio un tiro.  El voluminoso médico estuvo en el suelo agonizando y todo el mundo impotente, paralizado, sin saber qué hacer hasta que entregó su vida a la tierra sin reclamo ni justicia.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

De los tres Nicanor hasta mi Tía Regina

Desde mi perspectiva residencial trazaba una línea imaginaria en forma de ángulo obtuso para ubicar las viviendas de los tres Nicanor que conocí durante mi infancia: Nicanor Arismendi, herrero y jefe civil del pueblo; Nicanor Bello,  el que iba a Costa Firme en busca de ganado caprino para convertirlo en cecina y exhibirlo colgado en garfios para su venta y Nicanor Fernández, padre de Canoncito, sonámbulo que tanteaba como alma en pena las noches escondidas detrás de la luna.
Nicanor Arismendi (Canón) era relativamente alto y delgado aunque un poco inclinado, tal vez por la mandarria de su herrería de forja, tenía hijos de talla poco levantada como su hijo homónimo, herrero como él y el hombre experto en los fuego artificiales que se utilizaban en las fiestas patronales de San Pedro, la Virgen del Carmen y el Corazón de Jesús  Además era muy ocurrente y adicto al ron blanco.
La otra hija de Nicanor era  Paulita, chiquita pero altiva, esposa de Juan Gil, el Tuerto Juan Gil,  de mucha plata y poca bulla que  además de su vivienda-negocio tenía otra a  orilla de la misma playa donde atracaba su bote cada vez que regresaba de un puerto comercial de cabotaje.  Esa era una casa depósito, pero también donde tenía sus revolcones amorosas que tuvieron como consecuencia dos hijos fuera del matrimonio.
Juan Gil era un hombre poco divertido, dicen que de origen corso y su ruta de la playa a su casa era invariable, pues además de la bodega suficientemente surtida, tenía una mesa acondicionada y dispuesta con manto negro donde vertía las perlas que compraba a los pescadores, antes de pasarla por el monóculo y establecer su avalúo.
Sus hijos Emerio, Efraín, Elinora y Freddy no se codeaban con todo el mundo y desde temprana edad comenzaron sus estudios protegidos por los Coello tanto en Porlamar como en Caracas.  Freddy, el menor de ellos, sin embargo, tuvo comunicación conmigo que era prácticamente un “pata en el suelo”.  Hurtaba los cuarticos de anís de la bodega de su padre y me buscaba para libarlos en lo alto del cerro del Faro bajo la luz de la estrellas.  A Efraín lo conocí en Caracas cuando, al igual que Elinora estudiaba uno  en el Fermín Toro y la otra  en el Liceo Andrés Bello y vivían en el Este 10 Bis 144, casa de la Familia Coello.  La matrona de la casa, Regina de Coello, era mi tía por parte de padre y había tenido el desprendimiento de acogerme en el seno de la familia cuando con una beca de 200 bolívares fui a estudiar en la Escuela Técnica Industrial.  La ETI funcionaba de Perico a San Lázaro antes de mudarse para la Ciudad Universitaria.  En la casa vivían además Carmen Verónica Coello (Pediatra), Pedro Luis Coello (estudiante de odontología) y Carlos Enrique, renuente al estudio.  Un solo baño para tanta gente y apenas cuatro cuartos. La realidad se complicaba cuando de Cumaná o Margarita llegaban huéspedes. El patio de la casa colindaba con el río Guaire, un día éste se desbordó y vi mi pobre maleta navegando por el corredor de la casa.  Subí a la azotea para contemplar asombrado el espectáculo desbordante del río y me encontré con Luz Machado, vecina que también se había subido.  Ya era nacionalmente conocida como poeta guayanesa de intelectual estirpe  Su padre, José Gabriel Machado, era reconocido jurista y director del Museo Talavera en Ciudad Bolívar.  Ella ni siquiera me habló, pero le metió el ojo a un poemario de Manuel Acuña que yo tenía sobre el tanque surtidor de agua de la casa, abierto por la página que el poeta mexicano le dedicaba a Rosario y por cuyo amor no correspondido se consumó en el suicidio. A Luz no la volví a ver sino cuando ya Corresponsal del diario El Nacional en Ciudad Bolívar, me tocó entrevistarla.  Entones nos hicimos buenos amigos y cuando me nombraron Miembro Correspondiente de la Academia Nacional de la Historia en junio de 1994, ella estuvo presente en el acto y luego me invitó a almorzar en su casa del Cafetal dominada por un cuadro del pintor Régulo Pérez.  Su último libro “Imágenes y Testimonios” fue prologado por mí.
A Carmen Verónica Coello la había conocido cuando ella era médico residente del Hospital Ortega de Porlamar y decidió hospitalizarme hasta que me curara de un eczema en la pierna.  Allá fui a tener cuando era monaguillo del Padre Agustín de La Asunción y vivía en la misma Casa Parroquial desde que el Padre Juan Bautista Marcano, quien me había sacado de la Isla de Coche, ahorcó los hábitos religiosos tras un jolgorio en la Plaza de los Robles.  Estudiaba cuarto grado en la escuela  Francisco Esteban Gómez con la maestra Nuncia Villaroel.
Era Carmen Verónica Coello además de profesional de la medicina, una excelente mujer, muy de la casa y muy de la familia.  Trabajaba en el Seguro Social y  Consejo Venezolano del Niño me incluyó en su libreta de salud, lo cual me vino muy bien, sobre todo cuando en diciembre me levanté de madrugada a patinar, me sujeté a la plataforma de un camión chasis largo que pasaba, con la mala suerte que luego de rodar felizmente caí con mis patines en un hueco, me golpeé  y derramé el líquido sinovial de una rodilla.
Ella, la doctora, junto con su hermano Pedro Luis, había sido diputada de la Asamblea Legislativa de Nueva Esparta, ambos por Acción Democrática, pero vino el golpe militar contra el Maestro Gallegos y todo se volteó.  Comenzó la persecución   En la clandestinidad, Carmen Verónica sirvió de correo a Rómulo Betancourt y por infidencia de alguien, fue torturada.  Su casa la allanaron varias veces, incluso cuando yo residía en ella.  Todos los que vivíamos allí fuimos fichados, de manera que cuando yo me vine a Ciudad Bolívar fui detenido por la Seguridad Nacional durante 15 días hasta que la influencia de un primo, Jesús López Fernández, gran masón y Gerente de la Cervecería Victoria, hizo posible mi libertad.
Pedro Luis Coello estudiaba y el trabajo  que debía presentar para graduarse consistía en corregir los males de cualquier dentadura de un paciente para lo cual me presté airosamente.
Carlos Enrique era el niño consentido, salía a la calle y solo venía a hacer sus comidas.  Una vez se le metió en la cama a una de las muchachas de servicio de la casa y a la media noche se formó el escándalo, en cambio no era así cuando Efraín y yo nos metíamos. Más tarde como para librarnos de culpa incorporamos al convite sexual a  Hernán Salazar y Marcos Fernández, paisanos que también estudiaban en Caracas y los domingos venían a visitarnos. Entonces hacíamos cola para hacerle el amor a la ingenua muchacha hasta que salió embarazada y no sabía a ciencia cierta de quién de los cuatro.  De todas maneras cuando fue sometida a confesión por la doctora Coello dijo que era de mí el embarazo. Como Carmen Verónica prestaba servicio en el Concejo Venezolano del Niño tuve temor de que me casaran y con la ayuda de los demás compañeros me fugué de la casa.  Cuando nació el bebe había sacado todas las señas de su verdadero padre.  Sin la prueba del ADN todos estuvieron de acuerdo en señalar a Efraín como el verdadero padre.
A raíz de este suceso mis estudios se truncaron en la Escuela Técnica donde quería seguir la carrera de químico industrial.  Arrimado en una pensión con mi primo Marcos traté de buscar trabajo.  Me fui a La Guaira a la casa de Nicolás Salazar, el padre de Víctor Salazar y esposo de mi madrina.  Él, paisano y amigo de Miguel Otero Silva, me llevó a la Dirección de El Nacional para ver qué podía hacer por mí. Estando en eso recibí comunicación de mi mamá.  Su sobrino, gerente de la Cervecería Victoria en Ciudad Bolívar necesitaba de un empleado.  Hice contacto con él y acordamos encontrarnos en Cumaná.  Allá me fue a buscar en una camioneta pickup y comenzó la etapa más divertida y fructífera de mi vida.
Me olvidaba hablar de Enriquetica Coello, la hija menor de  Tía Regina, inteligente y eficiente secretaria, trabajaba en una oficina importante de Caracas, pero casi siempre atacada por el asma bronquial.  Yo era el encargado de ir a la farmacia a comprar los fármacos broncodilatadores. Su primer amor creo, era un hombre alto y elegante que siempre iba a la casa a visitarla, pero luego de cierto tiempo, qué decepción, “Ultimas Noticias” publicaba su foto acusándolo de estafador.  Las apariencias engañan y deslumbran.
Mi Tía Regina tuvo su primer hijo fuera del matrimonio y era el administrador de un establecimiento de maquinarias ubicada en Puente Mohedano.  Una vez me llamó para que cobrara los honorarios profesionales a varios médicos amigos que atendían pacientes a domicilio.  Me pagaban cinco bolívares por cada cobro de 25 bolívares que costaba la visita domiciliaria.  Con las ganancias me compre una bicicleta con la que pedalee toda Caracas y muchas veces iba desde El Silencio hasta Alta Vista o Petare.  Cierto mal día un carro me chocó la bicicleta y los transeúntes se apiñaron condolidos de mi y pensaban linchar al conductor si no me compensaba los daños.  Esa bicicleta la estacionaba y dormía en el porche de la quinta a la vista de los transeúntes. Ladrones y rateros eran escasos en Caracas o estaban muy bien controlados.  Mi bicicleta como el pan y la leche que de madrugada el repartidor  portugués dejaba a la entrada, permanecían intocados por mano ajena. Por fin, alguien se antojó de la bicicleta y me la hurtó, afortunadamente ya estaba bastante trajinada. Cuando en la Isla se propagó la noticia, los cocheros contaban que la primea bicicleta robada en Caracas fue la mía, seguramente estaban en lo cierto porque Caracas en los años cincuenta era una ciudad muy segura.

martes, 15 de noviembre de 2011

Ñeros en el Mar Rojo

Los “Ñeros” estaban como pobres de nuevos horizontes cuando el turco Salim les abrió los postigos de lugares remotos que excitaron  su espíritu de hombres de mar y, sin pensarlo mucho, un día antes de la octavita de la virgen se hallaban buceando los ostrales del Mar Rojo.
De Margarita a las costas de Arabia hay un buen trecho y la distancia se refleja en  la naturaleza, forma y color de las costas.  Perlas como las de Paraguachoa, ninguna.  Aquellas madreperlas de allende los mares eran más pobres que el alma del "turco" Salim Abouchamad, empresario de la idea.
En la propia geografía de los acontecimientos, allí frente a las costas de Eritrea y Socotora, las celosías de la emoción por nuevos mares promisorios se cerraban.  Había que regresar.  Caletearon pesados fardos del ejército italiano que se alistaba para invadir a Etiopía y se hicieron de unas cuantas liras para sobrevivir y escapar de los nubarrones belicistas que se cernían sobre la negra Abisinia.
En Venezuela, Gómez tenía la muerte anunciada, pero el Correo era más expedito  que el de ahora y mi General pudo enterarse a tiempo de las vicisitudes de aquellos diecisiete pescadores margariteños que quisieron establecer su ranchería en las costas africanas.  De manera que ordenó todas las providencias consulares para reponerlos de nuevo en el punto de donde salieron un 24 de julio de 1934.  Al cabo de trece meses retornaron los “ñeros” de aquella  aventura parecida a un cuento de la sultana Scherezada.

lunes, 14 de noviembre de 2011

La Brava Tintorera

Los tiburones que merodean por los mares que circundan la Isla de Coche son inofensivos.  Con cualquier golpe de  canalete se espanta.  Por lo menos es lo que cuenta Froilán Lunar (Chilango), pescador connotado de esos lares.

A los tiburones uno los arremete y desaparecen.  En cambio, con la Tintorera, muy parecida al tiburón, no ocurre lo mismo.  Esta suele espantarse con la primera arremetida, pero luego de la huida se devuelve “y allí viene el desguase”.
Chilango nunca aprendió a leer, pero le escribían y un turista le escribió y le envió recortes con las cartas cruzadas entre Arístides Bastidas y lectores de El Nacional referente al tiburón “con licencia para matar” a los James Bond.
Para este pescador, en la familia de los cetáceos como en la del género humano se consigue de todo y tal vez, Bastidas se refería, no al tiburón inofensivo de las costas de Margarita y Coche que nunca le han hecho nada a nadie, sino a su parienta la Tintorera de la que muy pocas se ven por aquellos mares y a las que los pescadores saben cómo tratar para que no se pongan en la mala con ellos.
Froilán Lunar vivió en el mar pescando por más de sesenta años, desde que era muchacho en la ranchería de los Coello y podía hablar con propiedad de la ictiofauna marina y contar vivencias extraordinarias no sólo de tiburones y tintoreras sino también  de la caballa que, según el, desbarajusta cuando el pescador la llama por su nombre, pero cuando exclaman “miren un cardumen de peces negros” estas se quedan como arremansadas y “a tirito” de arpón.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Chilango

Raro el morador de la Isla que no calce de por vida un sobrenombre.  De allí que  Froilán Lunar, hombre de piel pigmentada,  no escapara del “Chilango”, un apodo sonoro y contagioso que trascendió todas las olas del Mar Caribe donde solía tender sus redes (Chinchorros)  para capturar Cardumen de lisas, jureles, sierras o carites divisados a simple vista o con potentes binóculos por los Vigías apostados desde muy temprano en lo alto del Cerro del Piache.
Chilango, decía la gente, debe tener un santo milagroso en el cielo porque sus caladas por lo general resultan superiores a las de los demás pescadores dueños de las rancherías que ubicadas en lugares estratégicos se diseminan alrededor del litoral isleño.
Los patrones de barcos frigoríficos popularmente conocidos como lanchas “enhieladoras” contrataban el lance mar adentro y cuando no, el pescado era escalado y salado en tierra para extenderlos bajo el ardiente Sol hasta que ya seco pudiera ser comerciado a los barcos mercantes anclados o surtos en el puerto.
El propietario de la Ranchería al igual que el Vigía veterano, estaba dotado de una vista poderosa adiestrada en el oficio para  detectar el cardumen avanzando en cierta dirección y podía identificar la especie de acuerdo con el rielar el mar por impulso del masivo desplazamiento.
Por lo ordinario, el dueño de la Ranchería, muy de madrugada, hacía que los remeros de sus botes cargados de redes bogaran y se quedaran surtos en lugares estratégicos previstos de acuerdo con el tiempo, la temporada y posición de ciertas estrellas y allí aguardaba paciente el cardumen o banco de peces en pleno desplazamiento para cercarlos con sus redes en una envolvente maniobra.  La segunda tarea era llevar el chinchorro hasta tierra, operación larga y tediosa a través de sogas que los “jala mandingas” diestramente anudaban en la cabuya flotante paralela a la plomada de la red que impedía la fuga de los peces.  A veces la plomada se atascaba con algún escollo para lo cual había buzos que aguantaban bajo el agua hasta tres o más minutos despejando la red o remendándola en caso de rotura.
Punta Honda era toda una comunidad de pescadores adicta a la Ranchería de Chilango y cuando el lance era grande y productivo se formaba la gran jolgorio y las ganancias se esfumaban en aguardiente y sonora cohetería, tal cual como ocurre con el minero guayanés cuando le va bien en el corte o barranco o se topa una buena piedra de talla o un aquilatado cochano.