viernes, 11 de noviembre de 2022
LA BODEGA DE TÍA VICTORIA (XIV)
Ha inquietado siempre al ser humano la ancianidad y la muerte hasta el punto de llevar a los alquimistas a investigar sobre un posible elixir de la vida o la inmortalidad. Es decir, prolongar la vida eternamente. Algunos de ellos, como Paracelso, lograron grandes avances en el campo farmacéutico. Se relaciona con la Piedra Filosofal, mística piedra que transformaría los metales en oro y supuestamente crearía el sistema.
En la antigua China intentaron encontrar el elixir con diversos resultados que fueron decayendo al tiempo que avanzaba el Budismo con su idea de la inmortalidad. Lo mismo ocurrió en la India pues los grupos Vedas también creían en un vínculo entre la vida eterna y el ORO..Sin embargo, la idea del elixir de la vida ya no tenía tanta repercusión, porque el Hinduismo, la primera religión en la India, tiene otras ideas de la inmortalidad.
La alquimia, nacida en el antiguo Egipto, empezó a florecer en Alejandría, en el periodo helenístico. En la misma época, se desarrolló una escuela de alquimia en China. Ya en los escritos de algunos filósofos griegos se anticipan las primeras teorías químicas.
La base de la alquimia parte de la doctrina aristotélica que postula que "todas las cosas tienden a alcanzar la perfección". Al considerar a los demás metales imperfectos con respecto al oro, se suponía que la naturaleza los convertiría finalmente en oro. Ya por el siglo IV, un alquimista habilidoso, utilizando rituales de magia y la astrología, podría reproducir en su taller ese proceso natural.
Podemos dividir la historia de la alquimia en tres períodos: el primero, de 1200 a 1300 de nuestra era, la alquimia era una capacidad manual que demostraba su utilidad a través de la coloración de metales, haciendo creer que se trataba de transmutaciones. Existe un antiguo grimorio atribuido a Alberto Magno que trata exhaustivamente ese tema. El segundo periodo, de 1300 a 1600 de nuestra era, se caracterizó por el auge de la alquimia entre personas cultas que se interesaron por sus enormes perspectivas. Así Valentinus en Alemania y Norton en Inglaterra se destacaron en la tarea, tanto teórica como prácticamente. El trabajo se basaba y centraba en la fabricación de "La Piedra Filosofal" o "Lapis Philosophorum", con cuya ayuda se esperaba poder fabricar el maravilloso y singular oro, materia tan deseada por los Príncipes. Otro de los motores que movía a los investigadores hacia la alquimia era la búsqueda de una medicina universal que curara todas las enfermedades y fuese fuente de "Vida Eterna". El representante más importante de ese grupo de hombres excelsos y elegidos fue Paracelso.
La alquimia se transmitió a Europa a través de España, gracias al extraordinario florecimiento que las ciencias y las artes experimentaron en Al-Andalus durante el Medievo. Los primeros trabajos existentes de la alquimia europea son los del monje inglés Roger Bacon y el filósofo alemán Alberto Magno, ambos creían en la posibilidad de transmutar metales inferiores en oro.
BODEGA DE TÍA VICTORIA (XV)
Oro, oro, el metal más puro de la naturaleza, pero bendito y maldito por el ser humano en momentos circunstanciales, proviene del espacio, posiblemente de meteoritos que impactaron con la tierra después de su formación hace miles de años. La Biblia habla de ese metal precioso de color amarillo intenso e dio pábulo a la mitológica leyenda de El Dorado. ¡Cuánto se ha dicho y escrito sobre El Dorado y su secuela. Desde los tiempos bíblicos se busca a El Dorado, sólo que entonces tenía el nombre de Ofir. Era Ofir una ciudad dorada que jamás apareció en ninguno de los mapas de la antigüedad, pero que buscaron incesantemente a costa de muchos sufrimientos y derramamientos de sangre, aventureros obsesionados por pasaje de la Biblia sobre la existencia de la ciudad dorada de Ofirr, donde el rey Salomón obtuvo el oro que necesitaba el Maestro de obras, Hiram, para la construcción de un Templo inaugurado 988 años antes de Cristo, un templo que todavía se disputan en lucha sangrienta y milenaria palestinos e israelitas.
El Ofirr bíblico de ayer ha sido El Dorado moderno que el sociólogo Paúl Tabori calificó como una de las más grandes estupideces del planeta; sin embargo, en Guayana, donde la añagaza de El Dorado terminó de convencer a la gente que no era otro sino ese oro natural de la tierra, la situación ha cambiado. Ahora la gente sabe a ciencia cierta dónde está El Dorado, pero sabe que para llegarle con barra, pala, palín y batea, hay que destruir la naturaleza boscosa desafiando la zoonosis y dejando el alma y el pellejo sepultados entre cavernas.
El Dorado histórico parece que estaba en Guatavita o en una ciudad Manoa y que el único de la conquista que por accidente llegó hasta allá fue un marino llamado Juan Martínez.
Juan Martínez, un nombre tan común en la nombradía castellana fue el único por excepción de la conquista hispánica que conoció a la fabulosa Manoa, capital de El Dorado.
Martínez participó en la expedición al mando del comendador Diego de Ordaz que por primera vez exploró el Río Orinoco y por un golpe de suerte tuvo la fortuna de conocer a la fabulosa ciudad dorada de Manoa, donde todo cuanto existía parecía haber sido tocado por la mano de Midas.
El relato salido de una confesión que a la hora de su muerte le hizo Juan Martínez al cura de su vecindad, llegó a poder del Capitán Antonio de Berrío, fundador de Ciudad Guayana, y dicho relato fue confiscado por el caballero Sir Walter Ralight cuando hizo preso a Berrío y le sirvió de base para incursionar en la Guayana adentro como lo hizo.
El episodio lo relata así el Padre Constantino Bayle en su libro “El Fantasma de El Dorado”: "Había sido Mar¬tínez maestro de munición en la jornada de Ordaz; por un descuido suyo se quemó un día la pólvora, e irritado Ordaz le condenó a muerte, que conmutó en sentencia; le metieron en una canoa solo, y sin víveres le echaron río abajo. De no morir de hambre la suerte que le aguardaba era el topar con una de las flotillas de Caribe que solían recorrer el Orinoco a caza de hombres para surtir su despensa y abastecer sus ban¬quetes. Pero lo ordenó mejor la fortuna, porque cuando ya se estaba muriendo de necesidad, cayó en manos de mercaderes guayanos o Dorados que como compasivos no sólo le dieron de comer sino que le llevaron a su pueblo que era Manoa (la capital del mismo el Dorado). De esta manera el castigo por un golpe de suerte se convirtió en su fortuna. Sin pensarlo, alcanzó a ver la tierra que todos buscaban sin poder encontrar, y a todos se les escapaba de las manos. Pero como los Dorados no querían exponer su ciudad a los viajeros, para que no supieran el camino, le vendaron los ojos y le quitaron la venda al entrar en la ciudad, para que se deslumbrase con la suntuosidad de los edificios, el lujo de los palacios y la infinita multitud de los habi¬tantes; una noche y un día tardó en atravesar la pobla-ción hasta llegar al alcázar donde el príncipe le acogió amoroso y le hospedó. Y entre fiestas, banque¬tes y ociosidad verdaderamente dorada, pasó siete meses, al cabo de los cuales el emperador le otorgó benigna¬mente licencia para que volviese a los suyos; pero le mandó bien rico, pues le dio varias cargas de oro. Pero a la vuelta le asaltaron los indios Orenoqueponis y a duras penas salvó la vida y unas calabazas llenas de pol¬vos de oro, y con ellas pasó a la Trinidad y de aquí a la Margarita y a Santo Domingo camino de España, donde esperaba dar a conocer tan gran descubrimiento, pero aquí lo alcanzó la muerte y dio a su confesor una relación de todo lo que había visto en su monumental viaje".
RELATO DE LA ISLA (XVI)
Sir Walter Raleight, quien también buscaba a la dorada Manoa, nunca dio con ella sino con los Ewaipanomas, custodios de las riquezas de Guayan. Después de Walter Raleight, nadie más ha dado cuenta de los fenomenales Ewaipanomas desplazándose por parajes umbríos del sur de la Guayana, con sus potentes arcos y haz de flechas a la espalda. Nadie más los ha visto caminar de un lado a otro de la intrincada selva del Caura, donde los ubicó con pelos y señales el mimado caballero de las Reina Virgen de Inglaterra. Nadie más los ha visto ni siquiera en los transes de invocación espiritista intentados por el ya desaparecido Antonio Graterol, alarife invidente desde que se desplomó de un andamio, aficionado desde entonces a invocar el alma de los difuntos patriotas y abuelos aborígenes para interrogarlos sobre arcanos como esos de los Ewaipanomas. Los Ewaipanomas fueron descritos y dibujados por Walter Raleight como seres descabezados, con el sólo tronco y extremidades. La caja torácica con los componentes vitales de la cabeza: ojos, nariz, boca, oídos, y una especie de cúpula donde posiblemente se localizaba el cerebro. La cabellera larga desprendida de los hombros y la complexión de estos increíbles seres, eran tan atlética como la de cualquier expedicionario de la época del siglo diecisiete. Que sepamos, ningún otro aventurero del oro y de tierras promisorias, distinto al señor Raleight, vio a los Ewaipanomas. Por consiguiente, se tiene a él como único que escribió sobre esta etnia aborigen en su libro dedicado al “Vasto, hermoso y rico imperio de Guayana”. Pero, ¿A qué se dedicaban los fantásticos pobladores de las cuencas del Caura, del Aro y del Erebato, moradores de las simas de Jaua y Sarisariñama? Según la leyenda, se dedicaban preferentemente a custodiar las inmensas riquezas de la región, traducida en oro y otros minerales que todavía se buscan con avidez desbordada. Reforzando la humana barrera de los Ewaipanomas estaban unas bellas y esculturales mujeres semidesnudas cabalgando siempre sobre caballos de vistosa alzada. Amazonas sin maridos que vivían en permanente celibato para sublimar su cultura de intocables e inexorables guardianas de los arcanos tesoros de la selva. Los Ewaipanomas y Amazonas conocían de los secretos del oro, de las piedras preciosas y de las aguas de los ríos. Aguas de la eterna juventud. Aguas que ingeridas en determinadas horas podían dar la muerte como la eterna vida, sin tener como Dorian Gray que venderle el alma al Diablo. Pero el caballero inglés no tenía como prioridad de su expedición la fuente de la eterna juventud sino El Dorado. Encontrando al Dorado, todo después sería más expedito. El no estaba enfermo ni impaciente como Juan Ponce de León por hallar el manantial de agua cristalina con poderes mágicos que se suponía estaba situado “más allá de donde se pone el sol”. Circulaba como moneda corriente a principios del siglo dieciséis que cualquier persona herida o enferma que se sumergiera en sus aguas no sólo se reponía, sino que podía recuperar el vigor de la juventud. Cuando Ponce de León, enfermo y ya de avanzada edad, sintió que le flaqueaban sus fuerzas, pidió al rey de España, Carlos I, permiso para explorar y descubrir la Fuente de la Eterna Juventud. Sin embargo, el día de Pascua Florida de 1513, se encontró con un territorio al que le dio el nombre de Florida y en el que no encontró la apreciada fuente. Siguió persiguiéndola sin resultados y, herido y maltrecho, sus hombres le llevaron a Cuba, donde murió anhelando la fuente de la juventud. Otros muchos exploradores siguieron buscándola por Guayana y las Antillas. Son muchos quienes creen que los misteriosos Ewaipanomas deben andar por allí, por algún lugar muy inescrutable de la selva, eludiendo la incesante penetración de los buscadores de riquezas, de los doradistas de ayer como Gonzalo Jiménez de Quesada, Antonio de Berrío, el mismo Sir Walter Raleight y de los de hoy armados de batea y suruca y hasta de los vecinos Garimpeiros, muy provistos no de mosquetes, lanzas y armaduras como los antiguos buscadores de El Dorado, sino con helicópteros, poderosas sierras eléctricas para deforestar y máquinas hidráulicas, para horadar el suelo hasta donde se ocultan las vetas confundidas con las poderosas raíces de árboles gigantes y robustos. Otros, contrariamente, imaginan que aquellos seres misteriosos, que parecían venidos de otros planetas se auto eliminaron ingiriendo las aguas de la vida y de la muerte, porque ocultarse como topos debajo de la tierra aguardando que pase el peligro de los doradistas, no tiene justificación toda vez que el peligro cesaría cuando se hayan agotado las riquezas. Ocultarse para salir cuando se hayan agotado las riquezas no tendría explicación lógica porque nada podrían hacer toda vez que encontrarían los bosques depredados, los suelos erosionados y las aguas contaminadas, a menos que se estén preparando para una última batalla, confiados que desde muchas partes vendrían a reforzarlos como aliados los grupos ecologistas y conservacionistas del mundo, los mismos que hoy elevan su voz de protesta y de angustia contra la explotación de los bosques y riquezas minerales de la Sierra Imataca.
Alejandro Laime, también era ecologista, pero hasta su muerte ocurrida en algún lugar del Auyantepuy, estuvo obsesionado por el metal doraado. El explorador de origen letón, Alejandro Laime tenía 59 años cuando partió por enésima vez a explorar la gran meseta del Auyantepuy, de donde se desprende la caída de agua más elevada del planeta.
Pretendía en la ocasión explorar zonas distintas a las ya exploradas por él, siempre en busca de un río con lecho dorado que Jimmy Ángel dijo haber visto en uno de sus arriesgados vuelos en 1937.
Laime vivía convencido y obsesionado de la existencia de ese río dorado y respondía cuando era interrogado: “Yo creo que hay algo. Hay formaciones que me llevan a creer que existe oro en el Auyantepuy, pero la Meseta es inmensa, 440 kilómetros cuadrados, y difícil de explorar. Hay desniveles, piedras de todos los tamaños como estatuas o monumentos megalíticos., precipicios, numerosos ríos, ciénegas que hacen casi imposible cualquier exploración.”.
Contaba Laime que en la Meseta existen formaciones rocosas donde la voz se repite en eco hasta siete veces durante diez segundos. Él cada vez que subía, jugaba con el eco como un niño. Le encantaba que la montaña repitiera su nombre y estaba preparado para morir en ella.
A la exploración de esa meseta misteriosa y alucinante, donde las precipitaciones son intensas y frecuentes las tormentas, dedicó la mayor edad de su vida Alejandro Laime y había sacrificado hasta entonces quince años de su profesión de ingeniero civil. Quince años sin ejercer la profesión por estar metido en la selva buscando el Dorado que nunca pudo encontrar Sir Walter Raleigh ni siquiera al precio de su cabeza y de la sangre de su hijo.
En noviembre de 1970 cuando conversé con Laime me dijo que no sabía cuánto tiempo estaría esa vez sobre el Auyantepuy. Llevaba buena carga de bastimento en avión con destino a la Misión Indígena de Kamarata y desde allí, caminando con sus suelas de mil leguas, a la meseta y ¿a la muerte? No supimos más de su existencia. Se lo tragó la selva cegado por el brillo del amarillo intenso.
LA BODEGA DE TÍA VICTORIA (XVII)
El amarillo, un color que obsesiona a mucha gente como al poeta José Sánchez Negrón: “…ojos amarillos donde habitan la hiel y los fantasmas de unas venas rotas… Río mecidos sobre los hombros de la noche y una luz amarillenta que atraviesa la llanura eterna de leprosos bíblicos…siempre hay una luz amarillenta flotando en las lámparas del aire cuando pasan estas cosas…”
Tía Victoria tenía un vestido amarillo especialmente para recibir el Año Nuevo por tener la creencia que le traería riqueza y prosperidad. El color del partido liberal era amarillo y también la tarjeta electoral del partido político de Jóvito Villalba, acompañado de la divisa “Amarillo es lo que luce, el verde nace donde quiera”. En la cultura occidental, este color se encuentra asociado con felicidad, alegría, optimismo. En Alemania representa la envidia, pero los egipcios dicen que es el color de la sabiduría y la energía. Comentan los artistas plásticos que Vasily Kandinsky, ruso anticomunista, docente de la Bauhaus alemana donde Joseef Albers descubrió la interacción de los colores, disponía en sus anaqueles unos ochenta amarillos. La Bauhaus era una escuela de arquitectura, diseño, artesanía y arte, fundada en 1919 por Walter Gropius en Weimar (Alemania) y Vasily Kandinsky, considerado entre los iniciadores del arte abstracto y expresionista. En la Universidad de Moscú estudió derecho y economía. En 1896 se estableció en Munich, Alemania, y estudió pintura en la Academia de Bellas Artes. Regresó a Moscú en 1914, después del estallido de la Primera Guerra Mundial. Tras la Revolución rusa se convirtió en un gran conocedor de la administración cultural y ayudó a fundar el Museo de Cultura de la Pintura Sin embargo, para entonces su «perspectiva espiritual... era ajena al materialismo de la sociedad soviética» y las oportunidades le atrajeron de nuevo a Alemania, a donde retornó en 1920. Allí enseñó en la Escuela de la Bauhaus de arte y arquitectura desde 1922 hasta que la cerraron los nazis en 1933. Entonces se trasladó a Francia, donde residió el resto de su vida y donde adquirió la ciudadanía francesa en 1939. En este país creó algunas de sus mejores obras, una de las cuales se conserva en el Museo de Arte Moderno Jesús Soto de Ciudad Bolívar. Soto, bolivarense, pionero de arte óptico. Seguramente conoció a Kandinsky, pues éste falleció en esa capital francesa en 1944. Soto, pensando en un Museo para su ciudad natal, canjeaba sus obras con los pintores modernos de ese tiempo y sus paisanos lo complacieron. El 27 de octubre de 1969 el Gobernador Eduardo Oxford-Arias lo decretó y fue realizado durante la gestión del Gobernador Manuel Garrido Mendoza e inaugurado por el Presidente de la República Rafael Caldera, el 25 de agosto de 1973 Víctor Vasarely, pionero del cinetismo que luego abandonó, con un conjunto de obras canjeadas logró un Museo para su patria Hungría. Soto, creyendo que podía hacer lo mismo, se aventuró en una empresa similar y así Ciudad Bolívar tuvo también de pronto su Museo.
Soto contaba con una buena e interesante pinacoteca integrada por obras propias y de otros artistas constructivistas, incluyendo vanguardistas de esa corriente, de manera que en 1959, cuando obtuvo el Premio Nacional de Pintura, planteó la idea a Miguel Arroyo, director del Museo de Bellas Artes y a Clara Diamend de Sojo, directora de una galería caraqueña de arte moderno.
Ambos vinieron a Ciudad Bolívar comisionados por Soto en la ocasión de fundarse la Casa de la Cultura por iniciativa de Mínima Rodríguez Lezama, David Alizo, Mercedes Quiroga, Américo Fernández, Germán González Seguías, Elías Inati. La reunión se realizó en la Biblioteca Rómulo Gallegos y los visitantes hablaron sobre el Museo Moderno como agente catalizador, aglutinador, efervescente y modificador de los gustos de una sociedad. Esbozaron finalmente el proyecto de Soto y animaron a la Casa de la Cultura para que se erigiera en abanderada de esta idea.
La colección de obras artística estaba lista y dispuesta en París. Sólo había que gestionar el espacio físico. Localizar, adquirir el terreno, diseñar, proyectar y construir la obra tardó tres años y ocho meses. La arquitectura del Museo de por sí ya es una obra de arte en la cual se esmeró Carlos Raúl Villanueva (1906-1976), arquitecto de los Museos Bellas Artes de Caracas y de Ciencias Naturales como de la Ciudad Universitaria que es el ensayo más completo que se ha hecho de integración artística en Venezuela. En su honor la Casa de la Cultura se adicionó su nombre.
La obra, aunque fue decretada por Oxford Arias, su construcción fue posible durante la gestión gubernamental del arquitecto Manuel Garrido Mendoza y tocó en suerte al Presidente de la República. Dr. Rafael Caldera, inaugurarla el 25 de agosto de 1973.
Costó un millón 300 mil bolívares y fue abierto con importantes obras de arte ofrecidas por Soto en calidad de comodato y cuyo valor entonces se estimaba en 10 millones de bolívares. El Maestro Antonio Estévez se integró al Museo con su obra Microvibrafonía Múltiple. Pero ya la música de Estévez no está. Brilla por su ausencia. Los únicos sonidos que invaden ahora las salas del Museo provienen de los Penetrables Sonoros que han vuelto después de largos años de ausencia junto con los Penetrables Silentes.
El discurso del acto inaugural del Museo en 1973, al que asistieron notables personalidades del mundo artístico e intelectual, nacional e internacional, estuvo a cargo de Alfredo Boulton, quien presentó al Museo como “un desafío a lo sedentario y arcaico... un grito en la plaza pública para gente joven de espíritu que quiere lanzarse a su propia y suprema aventura creadora”.
Caldera, quien en esa ocasión recibió el Collar de Angostura igual que Soto la Orden de Andrés Bello, encontró en la obra de Soto como en la de los otros expositores “una capacidad ilimitada de creación en pleno desarrollo”, mientras Cruz Diez comparó la existencia del Museo con un detonante en un país donde la noción del mundo se define por las consignas de partido.
El Museo, administrado por una Fundación del gobierno regional que preside Soto, se inició bajo la dirección de Armando Gil Linares, quien meses antes se había ganado el primer premio del Salón Alejandro Otero de la Casa de la Cultura. La primera directiva de la Fundación estuvo integrada, además de Jesús Soto en calidad de Presidente, por Alfredo Boulton como Vicepresidente; Carlos Raúl Villanueva, Guillermo Meneses, Miguel Arroyo, Hans Neumann, Miquel Otero Silva, Simón Alberto Consalvi, Luis Pastori, Silvia Boulton de Ellis, María Teresa Castillo, Margot de Villanueva, Sofía Imberg, Narciso Debourg, Lourdes Blanco de Arroyo y Ángel Ramos Giugni.
El Museo cuenta en la actualidad con más de 500 obras de artistas nacionales e internacionales del siglo XX. En esa colección se encuentran representados artistas de la Vanguardia histórica rusa, del Neoplasticismo, la Abstracción Geométrica, del Arte concreto, monocrómico, cinético, óptico, programado, sistemático y experimental.
Se encuentran en el Museo obras de artistas de renombre internacional como Kasimir Malevich, Robert Jacobsen, Alberto Magbelli, Kenneth Snelson, Georges Rickey, Natalia Gontcharova, Pavel Mansouroff, André Heurtaux, Jesús Soto, Man Ray, Josef Albers, Jean Tinguely, Fortunato Depero, Jean Gorin, Lucio Fontana, Lajos Kassak, Víctor Vasarely, Michel Seuphor, Henryk Stazewski, Mauro Reggiani, Auguste Herbin, Sonia Delaunay, Marcel Louis Baugnet, Serge Poliakoff, Wassil Kandinsky, Johannes Itten, Jean Arp, Theo Van Doesburg, Hans Richter, Ilya Chashnik, Liubov Popova y Henryk Berlewi.
Soto dijo en una ocasión que “este no es un Museo”. Quería decir que el Museo de Artes Moderno no es un museo estático, sino un centro de investigación y de acopio histórico de lo más jalonado del arte moderno. Un centro que nos enseña algo nuevo aunque muchas obras daten de un tiempo fuera de nuestro alcance existencial. Pero ellas como las recientes, también son nuevas y modernas porque sorprendentemente son desconocidas o en su verdadero tiempo no se les dio su valor y se redescubren hoy y vemos que están concatenadas con lo que se hace en el presente y lo que vendrá mañana
Hace tiempo dije en un trabajo sobre el abstraccionismo que pasar por el Museo Soto no es pasar en vano, pues algo nos queda. Un museo, lógicamente como el que nos ocupa, interviene sin que se den cuenta, en la formación del gusto de la gente, en la forma de comportarse, en fin, en su educación. A medida que lo frecuentan lo va sensibilizando hasta para las cosas que son de la vida diaria como sería diseñar o escoger un vestido, comprar unos muebles, decorar la casa o el propio territorio de la intimidad.
Una de las cosas buenas del museo de Arte Moderno, es que nos enfrenta con un arte de situaciones que perturba y reta hasta despertar conflictos y discusiones en busca de verdades. Las obras, en principio, no tratan de explicar nada, sino más bien de plantear situaciones de percepción o situaciones que puedan desatar en la gente una nueva mitología, una nueva visión de la naturaleza que revela cosas a veces existentes que no han sido vistas o decididas por nadie.
En el curso de sus dos primeros decenios pasaron por este museo de arte moderno, cuatro directores: Armando Gil Linares, quien estuvo por espacio de diez años; el italiano Getulio Alviani quien organizó el museo de manera coherente y le dio proyección internacional; la licenciada en filosofía de la estética, Gloria Carnevali, realizadora de una labor profunda, dinámica, de calidad y el arquitecto Freddy Carreño, quien ingresó tras un conflicto entre Soto, Boulton, Alviani y Gloria Carnevali.
miércoles, 9 de noviembre de 2022
RELATOS DE LA ISLA (XVIII)
Diecisiete años después fue inaugurado en Caracas el Museo Alejandro Otero, pintor y escultor nacido en el Estado Bolívar igual que Jesús Soto. Alejandro Otero Rodríguez nació en el Manteco el 7 de marzo de 1921 y falleció en Caracas el 13 de agosto de 1990.Es junto a Jesús Soto y Carlos Cruz Diez uno de los artistas cinéticos más importantes de Venezuela.
El Museo Alejandro Otero es un centro cultural que incluye además del museo de arte contemporáneo, una plaza, jardines y un anfiteatro y se localiza en el Complejo Cultural La Rinconada. Fue inaugurado el 14 de agosto de 1990, y está dedicado a la memoria de Alejandro Otero, destacado artista y escultor. En el lugar se ofrecen diferentes exposiciones y conferencias y se explica mediante visitas guiadas la evolución que ha tenido el arte contemporáneo venezolano.
El día que me enteré de la muerte de este pintor venezolano publiqué en la prensa local esta entrevista que le había hecho en una de las tantas visitas a la ciudad capital:
“Alejandro Otero tenía pendiente una cita con la muerte (todos la tenemos de alguna manera) y desde el lecho de enfermo rechazaba una prolongación artificiosa de su vida "capaz de llevarme a una impuntualidad innecesaria". Sólo quería ser puntual y lo fue el lunes 13 de agosto cuando como Proust dijo: "Punto Final" y se quedó sin aliento.
Habría querido venir antes a la amada tierra de su adolescencia para contemplar desde el otro lado del Rio la Tea Crepuscular que nunca pudo ser sino en el papel o en la pantalla de su computadora. Quería con su Tea de 50 metros alzada como Faro sobre Los Francos, alumbrar la esperanza del pescador orinoqueño además de calzar en el anular de cada paisano citadino su Anillo vibrante en movimiento circular. Pero no pudo, se quedó sin aliento
Por supuesto que había venido antes muchas veces persiguiendo la Torre Solar y un día de tanto venir apresurado se puso a recorrer conmigo los hitos que en la ciudad marcaron su adolescencia, desde el pie del Cerro La Esperanza donde su madre Luisa enseñaba las letras a los párvulos de Los Morichales hasta el puerto de los antiguos bergantines y barcos de chapale¬tas, pasando por El Porvenir, el Colegeón de José Luis Aristiguieta, el Banco Royal of Canadá y la esquina del Viejo Oropeza, quien le prestaba el burrito plateado que no respondía sino a un sólo paso y a un sólo camino.
Caminos y lugares de la adolescencia eran éstos de la Ciudad Bolívar de 1930 porque su infancia pura transcurrió en Upata a donde recién nacido y junto con su hermano mayor lo llevó su Madre procedente de El Manteco, apenas muerto su Padre.
Mi padre era uno de esos aventureros. Aventu-reros en el sentido más honesto y hermoso de la pala¬bra. El murió en la selva del Caroní picado por una araña mona. José María (Otero, como se llamaba, era hermano de Carmen Otero, madre de Raúl Leoni y casada con Clemente Leoni. Toda esa familia era de El Manteco y se reubicó en Upata al igual que nosotros. Otra rama de los Otero se instaló en Barcelona de donde son los Otero Silva. Entonces, para ir de Upata a El Manteco había que hacerlo en carromato tirado por bueyes y se tardaban días y noches.
Los Leoni Otero se instalaron en Upata en 1919 y los Otero Rodríguez en 1923. Mi familia estuvo desprovista de todo hasta que cinco años después, con la liquidación de la sociedad minera que tenía mi padre Alejandro Otero, reducida a 700 bolívares, una fortuna para la época, pudo mi Madre comprar una casa en las afueras de Upata. Allí ella se sostenía enseñando a los niños del sector y fabricando pantuflas con las fibras que yo y mi hermano extraíamos de una planta silvestre abundante en las inmediaciones.
Era una casa modesta, de bahareque, con techo de palma y cuando llovía se hacían unos pocitos en los cuales yo echaba a navegar mis barquitos de papel. Aquellos momentos nunca tuvieron nada de dramáti¬co. Yo vivía feliz a pesar de la pobreza porque estaba rodeado de personas que me amaban y estimulaban esa innata disposición de alegría que yo tenía.
Yo diría que mi vida es la historia de dos perso-nas: una a la que le acontecían las cosas y otra que reflexionaba, pensaba y meditaba sobre lo que le acon¬tecía a ella. Mis recuerdos de infancia y aún los más recientes tienen esa particularidad. Yo haciendo una cosa libre y espontáneamente y mi otro yo vigilándome y siguiendo cada una de esas cosas.
Yo nací como un visual, fundamentalmente en contacto con las cosas a mi alrededor a través de los ojos. Recuerdo la pasión que ponía, la observación de los detalles de la naturaleza, del modo de ser de las personas, del fenómeno de la lluvia, el crecimiento de las plantas, del movimiento de las nubes y, al mismo tiempo, viéndome sufrir y gozar de aquella situación y sacando consecuencias interiores de ese modo de ver 1as cosas a través de los ojos.
El momento en que comencé a ser creador? Este mo¬mento inicial y preciso no existe. Diría más bien que uno tiene tendencia a recibir a través de determinados sentidos esas percepciones iniciales, necesarias y útiles que despiertan la conciencia de cada quien. En todo caso, el momento devolverme pintor si es que existe ese momento, debe haberse producido cuando yo tuve suficiente material captado, suficientes vivencias urgi¬das de expresión. En mi caso, siendo yo visual., tenía que hacerlo tan pronto me cayera un lápiz de color en las manos. Mi infancia la considero clave en todo cuanto soy. Ese pueblito de Upata donde transcurrieron mis primeros años lo considero extraordinario, único y determinante en todo cuanto soy.
Mi vocación artística despertó un día de vacacio¬nes cuando mi hermano mayor me transfirió una invi¬tación para asistir a una exposición de pintura de los alumnos de una Escuela de Artes Plásticas que funcio¬naba en La Pastora. Entonces estudiaba para maestro rural en el Mácaro de Maracay y pasaba las vacaciones de diciembre en Caracas donde trbajaba mi hermano.
Yo creía que la exposición era en el Museo de Bellas Artes, por lo que tuve que retomar el tranvía para llegar hasta La Pastora. Para mí aquello fué maravilloso. La exposición fué muy completa, había pinturas, gua¬ches, dibujos, diseños, esculturas que me llamaron la atención y a las cuales le dediqué mucho tiempo tal vez porque las veía más comprensible. Este fue el primer enfrentamiento que tuve ante la posibilidad de asumir una vocación que cada vez se concretaba más. Jamás olvidé la impresión que me causó aquella exposición de la escuela ni tampoco aquel estado de alegría y felicidad que me produjo haber estado cesa noche allí.
En aquella exposición de La Pastora se produjo mi ruptura con un destino equivocado. Quise dedicarme de nuevo a mis estudios, pero ya sentía que no era el mismo, no estudiaba y bajé el rendimiento nota¬blemente.
Se estaba desarrollando dentro de mí un estado de crisis porque me daba cuenta que no me interesaba nada de lo que estaba estudiando, me sentía muy mal, muy triste y muy frustrado. Le escribí a mi madre, ella me entendió, renuncié al Mácaro y regresé a Ciudad Bolívar. Trató mi madre de que volviera al Banco Royal Of Canadá donde antes, cuando egresé del sexto grado, había estado de cobrador. El Gerente, por mis buenos antecedentes y consideración a mi familia, me admitió en una posición mejor, pero fue inútil, simplemente me sentaba al escritorio y me negaba a trabajar, los cheques se amontonaban sin darles salida en el libro y el gerente confundido se veía obligado a hacerlo él mismo. Me preguntó qué me pasaba y me eché a llorar. Enterada y preocupada mi madre por lo que me ocurría, hice un esfuerzo por superar lá crisis y volví al banco dispuesto a trabajar.
Después de estar quince días rindiendo normalmente en la agencia del Banco Royal, me encontré con algo muy curioso al regresar del trabajo y era que en mi casa estaban reunidos todos mis tíos por parte de madre y padre tomándose unas cervezas muy alegres todos. Mi madre los había llamado por telegrama para enterarlos de todo cuanto me ocurría, de manera que cuando llegué me dijeron". "Hemos resuelto que te vayas a Caracas y estudies pintura que es lo que te gusta". Vamos a arreglar las cosas para que la beca que tenías para estudiar en el Mácaro te la sigan pasando. Esa fue la solución. Mi madre convocó a un consejo de familia y en ese consejo se decidió que yo debía ser pintor y fué así como de nuevo volví a Caracas feliz y contento a estudiar en la Escuela de Artes Plásticas y allí comenzó todo lo que ya se conoce de mi obra.
Así como Soto y Otero, internacionalmente en la pintura, destacó el también bolivarense, Antonio Lauro, con la guitarra y en su honor, el Consejo Nacional de la Cultura creó un Concurso Nacional de Guitarra con su nombre en cuyo acto inaugural hablo el historiador Manuel Alfredo Rodríguez: “Antonio Lauro probó cómo a nuestro país se puede servir, sirviendo a los valores del espíritu. Probó cómo puede alimentarse el patrimonio espiritual e intemporal del hombre dándole un mensaje de belleza aunque ello no produzca enriquecimiento ni encumbramiento, dijo Manuel Alfredo Rodríguez, profundamente emocionado, al improvisar un discurso en el acto inaugural de la primera versión del Concurso Nacional de Guitarra “Antonio Lauro”, patrocinado por el Consejo Nacional de la Cultura, en el mes de diciembre de 1986, conjuntamente con la Gobernación del Estado Bolívar, para los estudiantes de las escuelas de música del país, en el Año Internacional de la Paz. La apertura del Concurso, en la Casa del Congreso de Angostura, estuvo a cargo de la ministra de Estado-Presidenta del Conac, Paulina Gamus Gallegos, y del gobernador René Silva Idrogo, quien exaltó la obra de Lauro y la ministra luego de hablar de los objetivos del Concurso dijo que la idea de que se realizara en Ciudad Bolívar fue del propio Maestro, así como también él escogió el jurado y diseñó la organización del evento. Lamentablemente, la muerte sorprendió a este artista guayanés de proyección universal y por eso no pudo estar físicamente presente en este acto, por lo demás muy concurrido y con representantes de todos los sectores institucionales. Estaban María Luisa Lauro y su hija Natalia Lauro, así como los miembros del jurado: Alirio Díaz, quien vino expresamente de Roma; Rodrigo Riera, Rómulo Lazarde, Leopoldo Igarza y Alvaro Alvarez. Manuel Alfredo Rodríguez, en su disertación para exaltar la obra de Lauro, se remontó a la Venezuela de la Colonia, época en que logró un florecimiento musical inigualado con la América española, a tal extremo, que algunos ensayistas han usado el término de “milagro musical” hoy rechazado por los culturólogos. Venezuela –dijo MAR- tuvo un sentido de contemporaneidad de potencia creadora en absoluta concordancia con el mundo de su tiempo. No era desconocido a nuestros músicos del siglo XVIII, a los que empezaron en el Oratorio de San Felipe Nary y en las arboledas de Café de Chacao, lo que hacían, por ejemplo, los más relumbrados y fino artistas de la Escuela Musical de Venecia y de los grandes países europeos. Sin embargo, el huracán de la guerra de independencia arrasó prácticamente con aquella obra. El vals de encargo, la canción de serenata y la música “sancochera” acabó con tanta excelencia hecha por catorce generaciones de creadores venezolanos. De manera que cuando advino el siglo XX, la situación era de colapso. Apenas si quedaba como vestigio, como testimonio de un pasado esplendoroso, las partituras acumuladas en los sótanos de la Escuela Superior de Música de Caracas. En este marasmo, un grupo de músicos se afincó en dos convicciones: en la universalidad del lenguaje musical, en la música como mensajera más fidedigna y exacta del ama de los pueblos y en la necesidad de que Venezuela no sólo rescatara su tesoro, sino que lo enriqueciera, modernizara y actualizara. Ese grupo tuvo un guía excepcional que se llamó Vicente Emilio Sojo, uno de los hombres más importantes que ha tenido nunca este país y cuyo año centenario comienza a celebrarse esta semana. Sojo, fundador de la Orquesta Sinfónica de Venezuela en 1930 y del Orfeón José Ángel Lamas, fue un gran creador, recopilador y formador de músicos y sus alumnos son el mejor legado al país. De Sojo fueron alumnos Antonio Lauro, Antonio Estéves, Inocente Carreño, Evencio y Gonzalo Castellano. Estos hombres guiados, educados y graduados por él han rescatado para nuestro país el hijo torrentoso de su grandeza musical y la consecuencia es el espléndido presente musical venezolano. Y digo que el mejor legado que le dejó Sojo a Venezuela fueron estos hombres, no sólo por la calidad de su creación sino por la dignidad de su vida ciudadana y la armonía de la calidad de esa creación con la dignidad con que han sabido vivir. MAR habló de Raúl Borges, un hombre de la contemporaneidad de Sojo que tuvo la particularidad de fijarse en un instrumento en el que nadie se fijaba: la guitarra que antes servía para las parrandas y la serenata no obstante su antiquísimo abolengo musical. Y del mismo modo que Francisco Zárraga en España liberó la guitarra de la servidumbre y de las formas más simples de la composición, Borges empezó una obra que iba a terminar con el trabajo de sus discípulos Lauro, Alirio Díaz y Rodrigo Riera. Esta obra de Borges que en España iniciaba Zárraga y completaría luego Andrés Segovia, probó que la guitarra servía más que para la juerga del cante flamenco, para las grandes creaciones artísticas, sin que esto implique menosprecio para ninguna manifestación del arte popular. MAR, quien estuvo efectivamente muy ligado a su coterráneo Antonio Lauro, dijo que éste se dedicó a la guitarra en tiempos en que muy poca gente creía en las posibilidades del instrumento, a componer música para guitarra afincada en la mejor tradición venezolana, y su dedicación al trabajo de composición vino a coincidir en el cuajo artístico de los grandes intérpretes Alirio Díaz y Rodrigo Riera. Lauro que se aferró con gran amor a una de las formas más tópicas de nuestra composición popular la del vals; que ha hecho el prodigio de componer conciertos para guitarra y orquesta haciendo valer la guitarra como instrumento macho de la orquesta, es tal vez uno de los venezolanos y Latinoamericanos más universales de todos los tiempos. La música de Lauro es ya un hecho común en todos los rincones del mundo civilizado y no hay concertista importante que no tenga en su repertorio obras de Lauro. A este hombre venimos a honrar no solamente por el renombre que le ha dado a nuestros país, renombre que sin duda va a crecer con el tiempo, sino también porque ha probado la fe del venezolano en los valores del espíritu en esta época de hecatombe con los valores morales, donde la gente se siente menguada si no puede ir a Miami, o si no tiene quinta nueva o cuatro carros en la puerta de su casa. Lauro, dijo MAR ya para terminar, probó cómo a nuestro país se puede servir, sirviendo a los valores del espíritu, cómo puede alimentarse el patrimonio espiritual e intemporal del hombre dándole un mensaje de belleza aunque ello no produzca enriquecimiento ni encumbramiento”.
Cuando cumplió sesenta años el 3 de agosto de 1977, fue declarado Hijo Ilustre de Ciudad Bolívar por la Municipalidad. Lauro, quien nació en la cuadra de la plaza Bolívar de esta ciudad, en 1917, en plena época gomecista, llegó a recibir el homenaje junto con su hija Natacha a la que está dedicado uno de sus valses más difíciles y famosos. Se ausentó de su pueblo a la edad de nueve años, pero la ciudad la conoce y se la sabe de memoria porque nuca dejó de regresar. Recientemente había sido objeto de un homenaje del Colegio de Abogados. Entonces tocó para él Alirio Díaz, uno de los guitarristas que más admira y el que mejor ejecuta las creaciones musicales de Lauro que llegan a unas doscientas.
Cuando Antonio Lauro habló con quien esto escribe, aclaró que no era guitarrista sino compositor de música para guitarra, para lo cual, por supuesto, se necesitaba tener un conocimiento profundo del instrumento.
El artista nativo la conoce sin duda y afirma que es uno de los instrumentos más expresivos y completos, del más alto nivel, pero no se puede decir que sea mejor que otro porque todos los instrumentos tienen su nivel y su valor.
De la antigüedad de la guitarra, madre del popular y criollísimo Cuatro venezolano, nos habló Antonio Lauro. La guitarra viene desde mucho antes que el piano. En el siglo XV y XVI ya se tocaba y se conocía con otro nombre: Laúd.
A Venezuela llegó con el nombre de “guitarrito”, en el tiempo de la conquista. La trajeron los españoles de la península, a donde a su vez la introdujeron los árabes. Era de cuatro cuerdas, la quinta se la agregó un sacerdote innovador y luego para que se pareciera a la vihuela le agregaron la sexta cuerda. Pero la guitarra ha resultado un instrumento más avanzado que la vihuela, más afinado, más sonoro y con mayores posibilidades. Para llegar a ser un buen compositor de música de guitarra, confesó Lauro, que hay que tener un conocimiento pleno del instrumento y que en su caso eso le ha valido una producción importante entre la que destacan “Natacha” y “Concierto para orquesta”
LA BODEGA DE TÍA VICTORIA (XIX)
Admiradora de Antonio Lauro era Asunción de Salazar, hija de Tía Victoria, que ejecutaba bien la guitarra y viajo a Ciudad Bolívar para conocerlo. Ella estaba casada con Nicolás Salazar, barcelonés y reputado como contrabandista desde Trinidad con un velero que además disponía en le popa de dos motores fuera de borda para escapar en caso de inspección por funcionarios aduaneros que surcaban el mar en una falúa oficial. Sobre esta actividad escribió Lucila Palacios en la novela “El Corcel de las crines albas” que el 18 de mayo de 1950, fue favorecida con el Premio de Narrativa “Arístides Rojas”, presentada al concurso nacional con las letras A C. M, iniciales invertidas de su nombre legítimo Mercedes Carvajal (de Arocha).
La novela es el producto de un viaje realizado ocho años atrás a Margarita con el propósito de ambientarse para escribir una novela sobre los pescadores, pero una vez en la isla la cautivó el tema del contrabando y en ese sentido lo enfocó ceñida a la realidad, pero dentro de una atmósfera de leyenda. Gallegos también vino a Guayana a escribir una novela sobre la Sarrapia y terminó concibiéndola sobre la selva. El Corcel de las crines albas, Lucila Palacios destaca las virtudes del pueblo margariteño que por causas sociales se ve obligado al trajín del contrabando como un medio de subsistencia. Un pueblo honrado, incapaz de robar una aguja, pero que comercia en el contrabando como medio naturalmente propicio para vivir.
Entre los personajes de la novela premiada destaca la figura de Martina, una muchacha descendiente de marinos y contrabandistas que en principio rechaza el modo de vida de los suyos, pero que se ve envuelta en el contrabando ante la necesidad. Eufrosina, la madre de la joven, mujer de espíritu enérgico, la “Mejor Marera” de los contornos. Tomaso, patrón de la barca, y Pablo Amzra, comerciante financiador de los gastos del contrabando, pero que no figura en ninguna de las transacciones, son otros de los protagonistas.
En el Corcel de las crines albas, título de la novela, configura para la autora el mar como corcel. Cuando los hombres margariteños, agobiados por las circunstancias adversas, tienen que abandonarlo todo, enrrumban las barcas hacia el mar como potros con las crines plateadas. Hay un camino nuevo hacia la reconstrucción de su suelo y de su destino.
Según Bettina Pacheco Oropeza, profesora de la ULA, en El Corcel de las crines albas es una de las pocas veces que el Mar Caribe es tratado. “Críticos han señalado que, con contadas excepciones, el mar está ausente en la literatura venezolana como consecuencia de que hemos vivido de espaldas al Caribe, gesto inexplicable en un país que se define como caribeño. De tal manera que resulta todo un hallazgo toparse con el protagonismo del mar en dos obras literarias poco leídas y menos estudiadas: El corcel de las crines albas, de Lucila Palacios, y los Cuentos del Caribe, de Gloria Stolk, subraya la profesora universitaria”.
Por su parte, el crítico Eduardo Casanova, expresa que Lucila Palacios, “a pesar de que en muchos sentidos representó un retroceso en comparación con los colosos que la precedieron en la novelística, tuvo grandes méritos: entre ellos el ser la tercera mujer que afrontó con decisión y una gran valentía la tarea de ser escritora, el haber perseverado en la novelística hasta convertirse, con sus doce títulos, en mucho más prolífica que todos sus antecesores y que casi todos sus sucesores, y el ser la primera mujer que alcanzó el honor de ser Miembro de Número de la Academia Venezolana de la Lengua Española. Quizá sus novelas, en general, no tuvieron la misma calidad que las de José Rafael Pocaterra, Rómulo Gallegos, Teresa de la Parra o Mariano Picón Salas, ni las de Ramón Díaz Sánchez, Antonio Arráiz, Antonia Palacios o Arturo Uslar Pietri, pero sí un nivel digno que coloca su nombre entre los de los buenos escritores de nuestro país”
Al igual que Antonio Lauro, Lucila Palacios, fue declarada también Hija Ilustre de ciudad Bolívar. En esa ocasión la entrevisté par la prensa local y me dijo que cuando se encerraba a escribir, escribía y escribía solamente porque leer entonces era como pecar y el pecado es condenable. Era tan original que temió siempre las influencias, aún en ese estado indirecto de la lectura. Evitaba que sus creaciones literarias nacieran con el pecado original de la lectura. Si tenía que leer, se leía así misma. De manera que durante la concepción y el parto se alejaba de influencias extrañas.
Se prefería sobre todas las producciones literarias. Procuraba que su obra fuera pura como el agua profunda de los manantiales. Acaso pura como el pájaro moriche de su novela “Orquídeas Azules” resistido a dejar la selva porque enamorado estaba de una flor. Ella, en cambio, tuvo que abandonar a Ciudad Bolívar, porque desde el Ávila podría contemplar y vivirla mejor, sin la fiebre terciana y otras zoonosis de la selva que asediaban su existencia a riesgo de una vida menos longeva que la vivida.
Porque el jueves 31 de agosto de 1994 cuando dejo de existir, precipitada su muerte por una caída, Mercedes Carvajal de Arocha ya era nonagenaria. Había vivido más que Gabriela Mistral, la siempre humana y lírica poeta chilena de cuyo nombre legitimo (Lucila Godoy) tomo parte de su seudónimo literario para adicionarle el de Palacios es un intento por acercarse al Libertador a través de su madre Maria de la Concepción Palacios.
El seudónimo Lucila Palacios surgió en la plaza de Tucupido, entre maestros y amigos de su marido muerto en Londres. Con ese seudónimo publicó su primer trabajo literario en los periódicos “El Unare” (de Guarico) y “El Luchador” (de Ciudad Bolívar). Se trataba de un cuento costumbrista captado de la propia existencia de personajes de la calle cuyas voces llegaban al balcón del hotel de Tucupido donde se hallaba hospedada.
Lucila nació en puerto España (Trinidad) en mayo de 1909 cuando el capitán Cecilio Farreras se alzó contra el Gobernador Julio Sarría Hurtado. Su familia retornó a Ciudad Bolívar después de los 40 días de nacida. Su vida transcurrió en el inmueble que es hoy sede de la Biblioteca Rómulo Gallegos y desde allí irrumpió a arengar al pueblo en pro de sus derechos conculcados el día en que falleció el dictador Juan Vicente Gómez.
Lucila fue la primera en tomar las calles. La primera en convocar al pueblo y arengarlo en dirección hacia una toma de conciencia a favor de su legítimo derecho a ser libre y darse libremente su gobierno.
Se montó sobre uno de los barcos del paseo Falcón y sintió bullir en sus venas la sangre literaria de sus abuelos allí a su lado dándole apoyatura a sus piernas estaban Alida Gambús y Consuelo Estéfano. Solo faltaba el joven Guillermo Benzel, quien desde el día anterior era preso del presidente del Estado, Antonio Alamo, por haber gritado ¡Abajo la dictadura!
Tras la caída del Dictador regresó del exilio su tío Félix Montes, recibido por ella en Caracas. Luego, durantes tres años, siguió a su esposo por San Fernando y Tucupido hasta radicarse definitivamente en Caracas que todavía exhibía sus techos rojos, sin que por ello perdiera la visión del Orinoco.
Lucila justificaba su permanencia en Caracas porque el clima le asentaba bien a su salud y el medio había sido favorable para escribir la mayoría de sus treintas obras clasificadas entre novelas, cuentos, dramas y ensayos.
Los buzos (obra premiada en Cuba, 1939) Tres palabras y una mujer (premiada en el concurso de la Asociación Cultural Interamericana, 1943) El Corcel de las Crines albas (premio Arístides Rojas); Cubil, El día de Caín (accesit premio nacional de literatura, 1960), Tiempos de siega, Orquídeas azules, Signo en el tiempo, La piedra en el vació, Reducto de Soledad, Cristal de aumento, Cinco cuentos del Sur, Ayer violento, Poemas de la noche y el silencio, Espejo Rodante, son sus obras más conocidas.
De ellas, la mayor resonancia fue “El Corcel de los crispes albas”, la cual expresa el drama social del contrabandista margariteño. Pero ella solía decir en sus tertulias que personalmente prefería su libro “Tiempos de siega”, tal vez porque lo trabajó intensamente. Un tema fundamentalmente sociológico que apunta hacia el tránsito de una mujer que era todo amor, desprendimientos y entrega total, a la situación de amargada y avara.
“Tiempos de siega” se ambienta en Ciudad Bolívar al igual que “Orquídeas azules”. Esta última se recrea a una leyenda guayanesa que cuenta la forma como un pájaro moriche se resistía a dejar la selva por estar enamorado de una flor. En una obra teatral montada en Caracas con música de Maria Luisa Escobar.
La poesía también cautivo a la escritora, pero debió alejarse por considerarla que se sentía enteramente realizada en la narrativa. Solo se conoce de ella “Poemas de la noche y el silencio” publicado en 1964. Fue diputada a la Asamblea Constituyente del 45 y luego senadora por el Estado Bolívar. Durante las gestiones de Rómulo Betancourt y Raúl Leoni se desempeñó como Embajadora de Venezuela en Uruguay- Primera mujer venezolana que asumía esa responsabilidad como igualmente fue la primera en ingresar a la Academia Venezolana de la Lengua.
Los margariteños, hasta la vigencia del Puerto Libre, tuvieron fama de contrabandistas. La bolivarense Lucila Palacios se inspiró en esa consabida práctica del drama social del contrabando margariteño y escribió la novela El corcel de las crines albass. Pero lo que ignoraba seguramente la escritora era que una de las principales actividades económicas de Guayana hasta avanzados años de 1800 fue el contrabando.
El contrabando nos viene de la colonia obligado por el monopolio del comercio hispano, y no obstante, el libre comercio declarado por el Libertador tan pronto se adueñó del Orinoco, continuó como flagelo defraudador de las rentas del erario público.
El segundo gobernador de la provincia de Guayana, Fernando de Berrío, salió reprobado en el juicio de residencia que le hiciera Sánchez de Alquiza por su tolerancia al contrabando que los guayaneses practicaban con los holandeses, aunque el contrabando no era sólo de fuera hacia adentro sino también de adentro hacia fuera, burlando los derechos arancelarios. Bolívar en 1817 se quejaba ante los jefes de puestos que dejaban salir ganando de manera ilícita por Piacoa y San Miguel.
Tan habituados a esa práctica estaban los guayaneses que cuando el gobierno de Bogotá (la Gran Colombia) le puso mano dura, se rebelaron y expulsaron al padre José Félix Blanco, quien era el intendente del Departamento Orinoco que comprendía además de su capital Barinas, las provincias de Guayana y Apure, desde 1826.
Los guayaneses liderados por patriotas venidos de la guerra de Independencia, Ramón Contasti, Eusebio Afanador, Manuel Pildan y los alcaldes Felipe Domínguez y Nicanor Afanador, se rebelaron y expulsaron de su territorio en 1828 al padre José Félix Blanco. También al gobernador Juan Manuel Olivares. El intendente Blanco, comisionado especial del Libertador, había llegado a la Angostura el año anterior. Todas las autoridades civiles y militares subalternas, así como el comercio y buena parte del pueblo, se sublevaron y expulsaron al intendente y al gobernador hasta Cabruta en un steel boat de James Hamilton bajo la vigilancia armada del oficial Ascensión Farreras.
El 10 de noviembre de 1828, el intendente José Félix Blanco fue inquirido y respondió desde Cabruta al general José Antonio Páez, entonces jefe superior y militar de Venezuela, para explicarle los motivos por los cuales el pueblo de Guayana armó una rebelión contra su persona.
En efecto, el coronel José Félix Blanco, quien había sido administrador de las Misiones del Caroní, tan pronto asumió su nuevo cargo de intendente, dictó una serie de medidas administrativas con la anuencia de Bogotá, dirigidas a frenar el contrabando y asegurar el pago puntual de los impuestos.
Dichas medidas administrativas sin embargo cayeron muy mal en la población, especialmente en el sector comercial y empresarial y desató una oleada de repudio general que terminó con su derrocamiento y expulsión de la región.
El coronel José Félix Blanco, al explicar al jefe militar venezolano las razones por las cuales hubo prácticamente una sublevación contra su gobierno, las resume en los siguientes puntos:
● Que las medidas arancelarias impuestas desde Bogotá a un pueblo acostumbrado a utilizar el contrabando como actividad económica normal, tenían que ser recibidas con marcadas muestras de resentimiento por todos los pobladores.
● Que existía una lucha por la administración de las rentas entre muchos ciudadanos ambiciosos y poco idóneos.
● Que el decreto sobre alcabala afecta duramente la parte débil de la población, pero que se había logrado acostumbrar a la gente a pagar sus rentas, prueba de lo cual era la recaudación obtenida que sobrepasa los 10 mil pesos.
● Que existían intereses creados de personas poderosas e influyentes que se oponían a sus medidas al verse afectados en la eliminación del contrabando y en obligarles a pagar unos impuestos a los que se habían acostumbrado a burlar.
● Que se usó en su contra el descontento de todos los militares depuestos.
● Que hubo oposición del alto comercio para cancelar deudas muy atrasadas y cancelar nuevos impuestos
RELATO DE LA ISLA (XX)
XX
La Bodega de Tía Victoria virtualmente gozaba de ciertos privilegios pues nunca tuvo que pagar impuestos. Los cobradores de Hacienda jamás tocaron las puertas de su bodega, pero sí frecuentemente los necesitados de la isla de Coche, el Padre chico Nardui le dijo que mientras más desprendida y caritativa fuera, más oportunidad de vivir tenía. “Por lo menos que me favorezca con la longevidad de mi padre José de la Cruz Tillero”, feliz marinero que navegó por todos los mares y como buen marino en cada puerto tuvo un amor y hasta hijos como en Ciudad Bolívar, Nueva York y Puerto Rico donde se quedo anclado hasta los ochenta años de edad cuando se perdió en el horizonte. A lo mejor Neruda se inspiró en él. Era lo que Tía Victoria creía: “
Amo el amor de los marineros que besan y se van.
Dejan una promesa, no vuelven nunca más / En cada puerto una mujer espera / los marineros besan y se van.
Una noche se acuestan con la muerte en el lecho del mar.
Amo el amor de los marineros que besan y se van.
Dejan una promesa, no vuelven nunca más./ En cada puerto una mujer espera; / los marineros besan y se van.
Una noche se acuestan con la muerte en el lecho del mar”. Tía Victoria habría querido morir en el lecho del mar porque la isla donde vivió siempre está rodeada de mar, pero murió en su cama portentosa hecha de cedro siguiendo un modelo de la época de Luis XV, por el ebanista y músico Rafael González, autor de “El Carite”, canto folclórico nacional. La vida de tía Victoria no fue tan longeva como su padre muerto en isla bonita, pues falleció ella cuando tenía 65 años.
José de la Cruz Tillero, era marino de los Siete Mares. En esos barcos mercantes donde prestó servicio tuvo la suerte de navegar desde el Pacífico hasta el Índico. Y es más, conoció en ese oficio de alta marinería la Cruz del Sur que es la constelación más famosa del hemisferio Sur y sirve como brújula. Es una constelación tan importante que varios países la llevan en sus banderas. José de la Cruz Tillero nació en Pampatar el día de la Cruz y falleció en Puerto Rico a la edad de 80 años. Era marino y como buen marino al fin, tuvo hijo en Coche, Ciudad Bolívar, Nueva York y Puerto Rico.
Luis Miguel, su pariente cercano, recuerda la muerte de tía victoria, no obstante su pubertad, Apenas contaba cinco años: “Recuerdo su cofre negro con remaches plateados. La angustia de la espera porque Marcos, su hijo, no llegaba, amanecía el 17 de diciembre y ella dormida para siempre. Temprano del día siguiente llegó Choncita (Asunción) su hija y Marcos nada que aparecía. A las 4 pm sale el cortejo para el cementerio y cuando la familia ya resignada creyendo que su hijo no llegaría, se oyó la voz de Juancito Serrano mandando a parar dado que el cofre ya estaba dentro de la bóveda. Abdón y sus ayudantes retornaron el cofre. “Llegó Marcos en el bote de Salomón” corrió la voz. Abrieron la urna y el hijo pudo despedirse de su Madre”. (AF)
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