Emergió el día en que se reventaron las cuerdas de acero de su bandolín, saltaron las clavijas y el traste dio al traste con el silencio que ocultaba el canto de la divertida correría del pescador.
miércoles, 15 de octubre de 2014
miércoles, 8 de octubre de 2014
Con la proa altiva

Con la proa altiva sobre la mar serena que advierte la inutilidad del amarre del ancla, sin la necesidad del bauprés para alcanzar al Sol que se oculta en medio de su propio resplandor.
sábado, 30 de agosto de 2014
lunes, 28 de julio de 2014
488 años de poblada la Isla de Coche
La Isla de Coche
El 28 de julio de 1526, conforme a Cédula despachada en Granada, España, el Rey manda a sus oidores en la audiencia de Indias en Santo Domingo, examinar la conveniencia de entregar la Isla de Coche, en calidad de encomienda, al marino y veedor de la Isla de Cubagua, Juan López de Archuleta, para que se establezca con su mujer y tenga en ella ganado, labranzas y otras granjerías.
Por Real Cédula del 21 de junio de 1529, Hernando Carmona fue designado Alguacil mayor de la Isla. Para la fecha se habían descubierto ricos ostrales perlíferos que atrajeron a casi todos los habitantes de Cubagua. Desde entonces la isla fue adquiriendo relieve en la geografía económica de la provincia y estuvo durante mucho tiempo asediada por los filibusteros ingleses que la saquearon repetidas veces. En 1811 los habitantes de la Isla de Coche estuvieron al lado de los patriotas y algunos de los buques hundidos en sus costas fueron buceados para aprovechar los cañones que Juan Bautista Arismendi y Francisco Esteban Gómez emplearon contra los españoles.
El historiador Francisco Javier Yánez habla del furor de los españoles contra la indefensa isla: “Las goletas “Gabazo”, “Pellejo” y la “Vengadora” mandadas por Samarro, no solo hostilizaban la isla y destruían el comercio de la Costa Firme , sino que quemaron las casas y chinchorros (de pesca) que habían en la Isla de Coche y derribaron los cocales de aquella isla. En ella Morillo concentró en julio de 1817 todas sus tropas, corbetas, bergantines y flecheras antes de incursionar contra Margarita par ser derrotado en la Batalla de Matasiete.
domingo, 27 de julio de 2014
sábado, 10 de mayo de 2014
ESTAMPA DE MI INFANCIA / Américo Fernández
Me transfiero a casi medio siglo y
busco en los repliegues del tiempo la
serena silueta de mi madre, la de frente alta y mirada pálida perdida en los atardeceres,
distanciada de mi padre, aquél recortado señor deporte asiático, temblándole
los parietales, parco y hermético como un pozo desolado. Qué mal lo recuerdo! Había perdido la virtud de ser
amado. Juez, Maestro, Jefe civil. Cuántas cosas podía ser un bachiller de
aquellos tiempos. Amigo aparente o forzado de todos los gobiernos y las guarichas se lo reprochaban en sus diversiones de año nuevo. Tenía tantos hijos como mujeres en aquella isla donde la autoridad con
un dedo de instrucción constituía añagaza
suficiente para el amor correspondido. Creo que
sus mujeres las escogió bien, menos a una que lo llevó a la demencia.
Nunca yo, párvulo infeliz ni mis compañeros
de aula logré entender aquel enredo de las cuentas siempre malas.
De rodillas sobre el pavimento hasta que la oscuridad nos invadía de miedo y nos
obligaba aprender aquella cartilla que nuestros mayores parecían reverenciar
con estereotipado orgullo espartano. Mi padre al fin quedó extenuado por la
locura y cuando murió entre libros y tinteros, sujeto con todas
mis fuerzas al pie de la escalera del
campanario de la iglesia, me negué a verlo. Siempre le tuve miedo a los
muertos o cosas parecidas
como duendes, chiniguas, La Mano negra, La
sombra, El encapuchado. Cada
falta cometida, además del castigo físico traía por las noches el reclamo amenazador de algún fantasma inventado por mi madre
o por aquella tía que se decía mi abuela.
Porque abuela de verdad yo no tenía. Todos
habían muerto mucho antes de que yo naciera, de manera que mi abuela era Tía Beca. La única que recuerdo. La conocí encorvada y parlanchina.
Entablaba unas conversaciones de
nunca acabar con todo conocido que pasara la cerca encardonada del patio de su casa
atravesada en medio del camino o por detrás del corral de la bodega de Tía
Victoria. Tía Beca tenía su casa, pero no vivía en ella, por lo que siempre estaba
solariega, apenas habitada por "La Rancho", una perra negra con
pintas blancas realmente brava, Había mordido a
casi todo el vecindario y a cuanto muchacho se atrevió brincar la
empalizada para dispararle con su gomera a las bandadas de pájaros azulejos que
en su tránsito migratorio desde Costa firme descansaban sobre las matas de yaque o de
guamache.
La Abuela Beca solía contarme cuentos de
balandras y bergantines que naufragaban y marinos que
sobrevivan luego de luchar contra los gigantes del mar y mantenerse
a flote durante muchos dices. Mi madre también solía hacerlo acurrucándome entre sus piernas mientras iba sanado
los piojos y liendres que se cultivaban en mi cabeza para triturarlos luego con las uñas de los pulgares. Era una
manera de retraerse de la vieja máquina de
coser de manigueta heredada de mi abuela Petra y en la
que confeccionaba los vestidos de cretona y huesito de las pescadoras. Las pescadoras eran tan humildes
que no podía pagar más de dos
bolívares por sus costuras, por lo que mi madre debía completar la
subsistencia haciendo empanadas o tostando maní que luego yo vendía por las
noches en la puerta del único cine. Un cine
pobretón donde pasaban las películas
por parte y se formaba toda una algarabía cuando la imagen aparecía en la pantalla deformada. Gritaban a todo pulmón: "Cuadro Alipio", Alipio
era el dueño del Cine y para variar solía traer ocasionalmente
artistas de Circo de la que los muchachos se
enamoraban y estaban hablando
durante todo el año. Sensacional era para ellos los juegos de prestidigitación así como la fortaleza de aquel hombre llamado Almeidine que a mandarria se
hacía partir una enorme y pesada piedra sobre el pecho. Para hacer más interesante el
momento se buscaba a "Canoncito" para que descargase la mandarria
contra el circense. Canoncito era el herrero del pueblo y aunque tomaba mucho
ron la gente lo admiraba por la forma como forjaba el hierro. Cuanto Tia Victoria se levantaba para abrir
temprano la puerta de su bodega, el
primer cliente era Canoncito pidiendo
le sirvieran "la mañanita".
Más atrás venía Leandro, un loco pintoresco del pueblo, que se alimentaba a fuerza de coco y papelón. Leandro era la
distracción cotidiana de los
muchachos. No tenía más ropa que la que siempre llevaba puesta. Dormía
en la Cueva del Piache y hacía sus necesidades en el Boquerón, detrás de
la Iglesia, Allí lo sorprendía la muchachada
predispuesta y él le respondía con piedras que desarrollaban una
velocidad espantosa,
Después de Leandro era "Chano Paruta", el policía del pueblo que parecía no hacer más que cuidar la mata
de Tamarindo de la Prefectura para que la muchachada del centro no le
lanzara piedras.
lunes, 5 de mayo de 2014
LA IMAGEN DE FROILAN
La imagen de Froilán venía a mí en los momentos de escasez o cuando por la calle veía pasar sobre ruedas de biciclo un bronceado vendedor de pescado.
Entonces la imagen de aquel pescador singular llegaba con toda la fuerza de su expresión vital. Reluciendo con el salitre de la tarde, entre redes y agujas, los rasgos de una mezcla racial en lo que el negro había puesto todo su vigor de ébano. Sin embargo, Froilán carecía de labios pronunciados y carnosos y acaso por ello alguna vez lo llamaron culi.
Tampoco sus ojos eran desmesurados, pero en ellos parecía estar suscrita toda la latinidad de una tristeza con nexos esclavistas muy lejanos. Su mujer traslucía ascendencia hispana y su apellido parecía estar conectado con el primer habitante de la isla.
No era muy alto el hombre y su andar era lento y parco como su palabra. Según los habitantes de aquella Isla era un "hombre con suerte" protegido desde su pectoral por una diminuta "reliquia" forrada con cuero brillante y preparada por uno de los mejores ensalmadores de Costa Firme. Ella era capaz de inflar las redes del pescador y repetir el milagro de Jesús cuando se fue a la mar con los primeros apóstoles.
Los "lances" de Froilán eran célebres en la Isla. Nadie parecía igualar su suerte de abarcar tantos peces con tan pocas redes. La ranchería estuvo siempre repleta de lebranches y jureles, de sierras y tahalíes y en los aposentos el pescado reseco por la sal y el sol embriagaba tanto como el salpreso que sobre el entarimado dejaba chorrear la salmuera corrosiva. Era un olor fuerte, penetrante, que vigorizaba los pulmones y nos hacía elucubrar maradas de riquezas, El pescado por arroba valía mucho y el dinero circulaba a profusión entre los pescadores. Había ron y cerveza en abundancia y el resplandor de la cohetería iluminaba los cielos de las noches.
Pero una vez vino la desgracia. La reliquia de Froilán desapareció de su pecho y nunca más los trenes volvieron a tierra con la fauna preciosa de otros días. Froilán se fue sumiendo cada día en el letargo de la superstición y confuso e irredimible se sentaba al pie del faro sobre el cerro a contemplar los mares desolados. Froilán se fue acabando como una vela a llama lenta en la oscuridad inquietante de las noches de insomnio. Nadie más pensó en el y su imagen se fue desvaneciendo a medida que surgían otros nuevos y prósperos pescadores. Froilán no está. Se apegó tanto a la fe de su reliquia que ya no existe sino en el recuerdo de aquel niño que saltaba entre montones de pescados bajo la enramada de la espaciosa y bulliciosa ranchería para ver donde estaba el más gordo y ensartarlo por la boca y luego rumbo a casa silbando una melodiosa canción de despedida.
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