viernes, 11 de noviembre de 2011

Mallía

Angel María Rodríguez (Mallía), mi padrino,  murió en el timón del “San Rafael”, que henchido su velamen de trespuño viajaba cada quince días de Coche a Puerto La Cruz pasando por Cumaná, Cariaco, Santa Fe y ocasionalmente  Ciudad Bolívar, con pocas piedras de lastre, muchas arrobas de pescado seco y una que otra mara salpreso para los amigos y relacionados de cada puerto.
Mallía tenía siempre algo que dar además de su bendición de padrino y su inmenso corazón de marino a tiempo completo.  Su barco era pequeño y por eso en la cubierta sólo había espacio para él; Salomón, su único marinero, y un perro ladrador que mantenía a raya de estribor a los pequeños nadadores que asediaban el mango, el aguacate, el coco, el cambur y la caña dulce que el San Rafael traía de vuelta.
Los trespuños de Mallía, Chongoro (Isidoro González) y Jorge Fernández eran los que prácticamente aprovisionaban de frutos a la isla desde Costa Firme.  Cuando los barcos zarpaban, la Playa de los Medios, donde anclaban, quedaba desolada, pero cuando desde la Piedra del Piache divisaban las velas de regreso, el puerto se volvía una fiesta y sí a Mallía le iba bien, libaba unas copas y compartía su alegría con los niños.  Desde El Cardón hasta Valle Seco caminaba a paso forzado con una lata de caramelos debajo del brazo, respondiendo con frenesí a la algarada muchachera de “Picha Mallía / Más picha Mallía” mientras su compadre Justo Vásquez venía más atrás, a bordo de una cerreta, disparándole cohetes a las estrellas.

Juan Moya

Yo  temblando del susto, lo veía desde la rejilla de la ventana caminando con pisadas de trote demorado apoyado en sus muletas con las que trataba de suplir su pierna mocha en aquel largo sendero sin huellas desde Los Olivos hasta Valle Seco.  Juan Moyo me sobrecogía de miedo y con Juan Moya mi Madre me amenazaba  para que no me retardara tanto en los mandados.  Juan Moya  me deprimía de pánico al igual que los enmascarados de las Diversiones de Año Nuevo, lo mismo que la Chinigua, la Llorona, El Encapuchado, la Mano Negra y la Sombra entre tantos fantasmas y aparecidos en las noches sin luna ni bombillas, no obstante ser Juan Moya un alma de Dios invalidado en su tiempo de pescador por una Manta o Paz de espada.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Pablo Coello

Mi otro abuelo por parte de padre, fue el General Pablo Coello, quien según el Cronista de Coche, Jesús Rafael Cedeño (Campito), militó en el Partido Liberal, participó en la Guerra Federal y resultó electo Presidente del Estado Nueva Esparta en 1879.  Pablo Coello nació en Coche el 15 de enero de 1848 y contrajo matrimonio con mi abuela Braulia Cedeño  el 7 de mayo de 1873.   De ese matrimonio nacieron  Braulita, Saturnina, Ana Antonia, Irene, Regina, Belén Pablo, Jesús Ramón (mi padre) y Berta.  De ellos solo conocí a Berta en Caracas, mujer profundamente religiosa, culta, vivía sola, nunca se casó y viajaba mucho.  Conocí a Belén, quien residía en la zona urbanística del Cementerio en Caraca, y a Regina, de la que fui huésped en su casa del Conde Este 10 bis 144, cuando estudiaba en la Escuela Técnica Industrial. Pablo Coello tuvo la concesión del Gobierno para explotar las salinas de Coche y nombró Administrador a Juan Carlos Pacanins, con quien convino la construcción de la Iglesia en honor a su patrono San Pedro, imagen que fue adquirida en España junto con la del Corazón de Jesús.  Estuvo un tiempo dedicado al comercio y finalmente se retiro a vivir en Caracas, donde falleció el 13 de septiembre de 1896, a la edad de 48 años.

José de la Cruz Tillero

Mi abuelo materno era un apasionado del mar.  Un marino de alta mar. Mi madre me contaba que había navegado más allá del horizonte donde se juntan las tres cruces.  Era magro, de talla alta y con bigotes.  Tenía suerte con las mujeres y en él se cumplía el verso del poeta “en cada puerto un amor” “Los marinos se despiden y se van”.  Aunque de Pampatar, muy cerca de la Caranta, su destino inmediato no fue su propia tierra, la del Cristo del buen viaje,  donde alguna vez serví de monaguillo del Padre Marcano, sino la Isla de Coche  La isla del apóstol San Pedro, patrono de los pescadores, donde encontró casi por azar, a la bella Petra Antonia, mi abuela materna, con la que sin pensarlo mucho y entre viaje y viaje le sembró cuatro hijas –Rosa, Victoria, Juanita y Evangelia.  Todas hembras a las que un día cualquiera les dijo adiós para volver sino en el recuerdo.  Se ancló en Ciudad Bolívar, lo sedujo el río y la ciudad montada sobre un cerro vigilando permanentemente el paso ceremonioso del Orinoco.  El día menos pensado se embarcó en un bergantín y dejó a María de  Lourdes, su única hija bolivarense y se fue al encuentro de otros puertos.  Fondeó en Nueva York y en ese puerto le nació otra hija. Carmen María Tillero. Al fin decidió anclar para siempre en otra isla como la de su origen y escogió a Puerto Rico donde conoció y se enamoró de  Fidela de Jesús Atalaya Castaño, quien residía en la Calle Caparra 41 y  de cuya unión nacieron Carmen Mercedes y José del Carmen.  Allí vivió el resto de su vida y falleció a los 80 años.

Natividad

A Chongoro lo recuerdo un poco diluido en el tiempo buscando la estrella polar desde su pequeño barco anclado a  escasos distancia de su bodega encallejonada donde la inquieta  Natividad furtivamente sustraía los centavos del amor lejano que sólo yo disfrutaba a cambio de unas muy románticas carta que ella nunca supo escribir en respuesta a las que frecuentemente le enviaba su prometido desde cualquier puerto con algún marino amigo  de ocasión.  Natividad danzaba el amor a escondidas de sus padres, incluso de Petrica, su hermana menor, que yo veían revolotear como una mariposa entre los mismos caracteres de la carta que con tanta ansia, alegría y pasión, Natividad le respondía a José Manuel, el que se fue para siempre y jamás retorno sino cabalgando las olas del correo.

Pedro Pablo

Pedro Pablo era lúcido, facundo, memorioso y espirituoso.  Sin embargo, era aludido como “El Loco Pedro Pablo” pero no era propiamente loco sino un artesano chispeante muy leído y bohemio  Hablaba de los prodigios de la naturaleza y de los audaces líderes de las guerras.  Hablaba del Decamerón,  de Flanmarión, de Pigmalión, la Galatea, de Hitler, de Napoleón, de Luis XV, de Teofrasto y del manco de Lepanto y cuando apuraba las copas se desbocaba pronunciando sus discursos llenos de sapiencia hasta la madrugada.  Era hijo de Isabel Fernández, hermano de la maestra Chepina y de Rosita y todos, familiares y extraños, lo celebraban como un personaje sensiblemente extraño, más celebrado aún cuando se esmeraba en sus creaciones artesanas elaborado dijes y otros accesorios de la mujer con una concha de quelonio llamado Parape.  Muchas veces yo me desviaba de la Escuela para verlo en el patio de su casa trabajando y puliendo el Parape en forma de pulseras, hebillas, sortijas, zarcillos y las máscaras de papel embadurnado sobre un molde de arcilla extraída de los acantilados de La Cabecera.
Muy admirado se hizo Pedro Pablo durante los días de Año Nuevo cuando construyó y sacó la alegórica Diversión de un avión rodando sobre las ruedas del Triciclo de Marcos Antonio mientras Josefina Antón, la preciosa hijo de Chica Sánchez,  conducía como solista el coro de las guarichas.  A Pedro Pablo deje de verlo cuando me fui a Caracas y alguien me dijo después que lo había sepultado el mar o el aguardiente.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Martina

Era algo así como una energía telúrica que manaba de su cuerpo desgastado por la pobreza.  Magra y de mediana estatura era ella, inconcebible a simple vista que su estructura física soportara tanta carga, era sorprendentemente capaz de de levantar y trasladar a larga distancia una fanega de maíz sobre su cabeza o un haz de leña seca o una ancha mara rebozada de verduras.  Marta, la hija de Catalina acurrucada en un rincón húmedo y salitroso de su casa, madre de Morocho que se lanzaba a bordo de un carapacho de tortuga marina por la cuesta inclinada del Boquerón  donde Leandro cumplía su ritual agachado, madre de Abdón a quien el Jefe Civil le impacto balazo en una pierna por haberlo gritado, la madre de Cristina que parecía flotar con el espejismo lejano de la Salineta.  Martina, la cargadora insustituible  de Tía Victoria, la que despertaba en cadena con el sonido cacofónico del cabo de pala que iba batiendo por los cerros el joven empleado de Las Salinas, para ir en romería con las sacadoras de sal a los salobres pozos de El Secreto o manantiales de Valle Seco.  Marina, la que era feliz en el ambiente lúgubre de su pobreza, la que jamás claudicó ante la pesada carga que cimbraba sus huesos apenas sostenidos por el  mal amarre de su cintura. ¿Dónde estás ahora, qué te hiciste, Marina, fantasma de mis sueños rotos, imagen intermitente de mis elucubraciones noctámbulas?