sábado, 5 de noviembre de 2011

Isabel (Beca)

Se llamaba Isabel, pero siempre prefirió la familia el cariñoso remoquete “Beca”.  La conocí ya prácticamente rozando ella la vejez con su espalda un poco encorvada, su caminar apresurado, su ropa de medio luto y su lenguaje coloquial.  Era tía de mi Madre puesto que era hermana de Petra Antonio, la madre de mi madre, también la hermana de Carlos,  Timoteo,  Primitivo, Cleto  que vivía en los cerros de Urica,  Catalina, vecina de mi casa y  Félix anclado con su barco en la Playa del Medio, acompañado de su hijo Guillermo con su mujer   El más allegado a mi casa era Tío Félix, ocasionalmente  cuando iba a echarme un chapuzón en el mar, lo visitaba y si no había gente en la casa me internaba furtivamente en el corral de las gallinas y aprovechaba la yema de los huevos.   
Estuvo Beca siempre al lado de Victoria, controlándole lo remeros de leña de la bodega acumulada en el patio, cocinándole, lavándole y cuidando del niño Marco Antonio, el hijo predilecto de la casa y al que nada le faltaba, sobreprotegido y travieso.
El hijo de Beca, Juan Fernández, se había hecho próspero allá en Tucacas (Falcón) y como le resultaba difícil sacar a su Madre de la Isla, le compró una buena casa frente a la plaza, que había pertenecido a Braulia Cedeño, la esposa de Pablo Coello, mi abuelo, en algún tiempo Gobernador del Estado Nueva Esparta. La casa siempre estaba sola y desde el patio, amarrada por lo brava  bajo un espléndido Yaue, la perra “Rancho” la cuidaba.  La ingrata me mordió en tres oportunidades al introducirme a escondidas en la casa para disparar con mi china a una bandada de pájaros, llamados “Rabo largo”,  que temporalmente emigraban desde Costa Firme.
                La insistencia del hijo venció a la Madre para que se fuera a su lado a pasar sus últimos días en Tucacas.  Beca toda llorosa alió sus bártulos y se fue en la embarcación que vino expresamente a buscarla.  No transcurrieron muchos días, como se presentía, sin que la matara la nostalgia y la distancia.

Elena Mercedes

Elena, Mercedes, porque nació el 24 de septiembre, Día de Nuestra Señora de las Mercedes, patrona de los cautivos.    Ella era la esperanza de su Madre, la última de sus hijos y la más sensible, soñadora, inquieta, buena hija, alma buena y solidaria.  Se recibió de maestra normalista en Cumaná en un tiempo en que el mercado de trabajo docente era reducido en cualquier lugar de Venezuela.  No lograba campo para el ejercicio profesional en la isla. Tampoco en Ciudad Bolívar ni en Maracaibo.  Regresó a la isla y al fin pudo enganchar en la misma escuela donde todos estudiamos.  La recuerdo con su garrafa de cristal buscando agua en los pozos de Valle Seco, Pedro Regalado y el Secreto o trepando las escabrosas rocas de El Piache en donde un día pretendí escalar la cresta con ella desafiando el temor por la escabrosidad y la altura.  Su único amor le falló a la distancia.  La suerte de las muchachas de Coche estaba entonces signada por la lejanía y la dilatada espera, la distancia más allá del mar.  Buscó refugio en los claustros espirituales de la Iglesia.  Al final desistió diluida su amargo sentimiento por la misma nieve del Sol occidental y encontró otro amor más cercano, musical, solicito y deportivo, pero seducido su ocio muchas veces por la influencia de un médico bohemio que trataba de curar los males del pueblo con su experiencia estancada por el vino, la música y las composiciones poéticas..  Ese es el peligro de una isla árida, una isla de sal, sol y viento, donde el paisaje se opaca con los cerros pelados y el mar desolado, donde la diversión es el canto, el vino y la guitarra.  Ese día aciago, el médico estaba ebrio y la niña encinta de su primer fruto tuvo un parto difícil y forzado, se desangró en el curso de la operación obstétrica. Murió irremisiblemente y el niño pudo sobrevivir a la tragedia de un parto que habría manejado mejor la tradicional comadrona del pueblo.  Que raya tenebrosa para aquel señor a quien hubiera querido respetar hasta poco antes de que lo consumiera la inclemente cirrosis de la bohemia. Elena se fue.  Ella como que presentía el fatal destino pues pretendió evadirlo sin llegar a consumar su deseo de enclaustrarse en un convento distante de la vida  profana.  Se fue la niña sin poder decir adiós.  Se fue dejando atrás el silencio de su visión azul y la sal que terminó  de curtir el alma doliente de su madre.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Luis José


Su Madre y su Tía recostadas de la antigua Iglesia levantada por su abuelo en el siglo diecinueve, lo obligaban a repicar las campanas, alistar la casulla del párroco, pulir los candelabros y  limpiar el mesón de San Pedro.  Sin embargo, nunca lo vimos rezar, más bien silbar largo y tendido como el viento entre las xerófilas, mientras rumbo a la Playa del Medio, llevaba las viandas  al marido de su Tía cuyo oficio consistía armar barcos a fuerza de serrucho, cepillo, achuela, formón y martillo.  En uno de esos barcos, un día de mucha brisa y promesas, el carpintero armador se ausentó de la Isla con toda la familia, incluido Luis José, un chiquillo inquieto y diligente.  ¿Por qué Luis José?  Acaso para aliviarle a su Madre la carga que le impuso el Padre irresponsable que no sabía sino enseñar a leer y escribir, instruir expedientes y hacer hijos alegremente?
            Ausente de la Isla con la esperanza del retorno, Luis José creció, se formó y se hizo hombre de bien y de oficio entre las playas marinas de Falcón y las lacustres de Maracaibo.
            Durante veintiséis años, activo y productivo en los campos petroleros, jamás dejó de pensar en el amor que le tributó a sus cuatro hijos, extendido ese amor hasta los paisanos de su Isla a través de la Sociedad Benéfica que tanto desde tan lejos hizo por Coche ocupándose de renovar las campanas del desaparecido campanario a cielo abierto, procurándole una cámara de oxigeno a los asmáticos, gestionando la fuerza eléctrica durante las 24 horas, auspiciando un ropero escolar y acortando la periodicidad de la gabarra que transportaba el agua de los eternamente sedientos moradores de la Isla de San Pedro.
            Más de un centenar de cochenses activos en los campos petroleros zulianos bajaban de sus barcos y taladros para en el reencuentro concertado darse el abrazo de hermanos, comentar cartas familiares, cantar gaitas, polos, fulías, y  mirar con hidalguía hacia la isla de sus sueños.  De allí entre cuerdas y voces trascendió  “Mi Coche Querido”, gaita que compuso Luis José como tanto otros aires pueblerinos que hacían suspirar y vibrar de entusiasmo a las guarichas en las diversiones fáunicas de su pueblo.
            Desde 1982 que regresó de los campos petroleros con 47 años a cuesta, se hizo líder de la comunidad en asuntos tradicionales y culturales.  Sin ser alcalde ni concejal y sin aspiración por serlo, trabajaba activamente por las obras sociales que reclamaba el pueblo y cooperaba en la organización de las fiestas patronales y en los festivales o diversiones tradicionales de pascuas y año nuevo, en los carnavales, e iba más allá con los muchachos de la escuela y con los hijos de la paternidad irresponsable.  La música y el canto eran la llave.  Todo era posible y continuo sin la ayuda oficial porque Luis José era un trabajador insigne que producía para su propia familia y para los demás por eso un cineasta lo llamó el hidalgo de coche, pues los generosos como él abundan muy poco en el mundo materialista y egoísta de nuestros días.

jueves, 3 de noviembre de 2011

SE FUE PETRICA


Petra, la del tercer parto de mi Madre, heredó el nombre de nuestra abuela materna llamada Petra Antonia Fernández, mujer del marino de alta mar, José de la Cruz Tillero, nativo de Pampatar.  Mi abuela era hija de Etanislá Fernández, nativa de Los Bagres, de Margarita, mujer de José Ignacio Bermúdez, hijo del español Francisco Abad  Pues bien, mi hermana Petra o Petrica como prefería llamarla la familia, sólo estudió hasta el sexto grado con los maestros Merita Marín y Josefina Fernández.  Luego aprendió el oficio de costurera para seguir los pasos de Evangelia, la madre, así como bordar, tejer y otras manualidades.  Ya casi adolescente se fue primero a Barcelona y luego a La Guaira, a acompañar a mi madrina Asunción (Choncita, madre de Víctor Salazar, premio latinoamericano de poesía)  que se había casado con Nicolás Salazar, un aventurero del mar, gallero y audaz contrabandista.  Recuerdo cuando niño que uno de esos contrabandos los dejó escondidos en mi casa y yo me levantaba a la media noche a curiosear la mercancía.  Me tropecé con una caja grande de almendras de cacao y me las iba comiendo día por día de madrugada tras los corrales hasta que por los envoltorios en volandera me pusieron en evidencia.  Mi  Madre casi enloquece de la rabia y me sonó bien sonado con una gran paliza que todavía no se me olvida.  Después de su periplo fuera de la isla, Petrica fue administradora de IPOSTEL y la eterna compañera de mi Madre, nunca quiso casarse no obstante las nocturnas serenatas de Abdón Lozada, excelente guitarrista,  llave inseparable de Rafael González, ebanista y bandolinista, autor de la pieza folclórica “El Carite”. Anoche, me informaron de urgencia, el  fallecimiento de  Petrica.  Ella que todas las mañanas iba a su huerto y arrancaba dalias, margaritas y girasoles para la madre muerta.  Adiós hermana.  Te vas con la mortaja que tu misma confeccionaste para cuando te llegara la hora.(AF)

Chubasco


Alentado por mi experiencia, aunque corta, con la Elizabeth II, quise probar suerte con otro tipo de embarcación, la curiara india con motor fuera de borda utilizada por los pescadores ribereños.  Un domingo, acompañado de  mi secretaria Martha Peña,  muchacha muy natural, desprovista de cosméticos,  me fui al Almacén, un puerto fluvial de pescadores a 32 kilómetros al Oeste de Ciudad Bolívar.  Alquilé una curiara para alcanzar la costa sur de Anzoátegui.  Navegábamos en aguas tranquilas cuando repentinamente se presentó un nubarrón oscuro con lluvia y vientos fuertes que encabritaba nuestra nave.  Por prevención  atracamos en un islote cercano donde la brisa levantaba furiosamente la arena.  Allí como pudimos aseguramos la curiara y nos acurrucamos bajo un arbusto que se batía casi contra el suelo, a esperar que pasara el chubasco. Pero la tarde caía y decidimos regresar aún con las aguas encrespadas.  Mientras Martha achicaba incesantemente yo trataba de maniobrar la curiara para evitar partir la ola.  Así nos aproximamos a la orilla y costeamos el río hasta llegar al Almacén donde el pueblo apiñado en la orilla nos esperaba angustiado.  Fue un inimaginable suceso que puso a prueba la fe en mí mismo y la fortaleza anímica de mi joven secretaria.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Belkis Domínguez

La que nunca se perdió un feriado para disfrutar el paisaje del Orinoco y tomar muestras del río en diferentes puntos fluviales, fue la caraqueña Belkis Domínguez, hidro-biólogo y profesora del Núcleo Bolívar de la UDO. Se graduó en Hungría y en la Universidad conoció a un cubano fidelista con el cual se casó y tuvo una hija.  Comenzó vida profesional y de casada en La Habana y llegó un momento en que se sintió cautiva y luchó para salir de aquella isla.  Al fin pudo y logró encajar como profesora contratada en la Universidad de Oriente.  La conocí en la Plaza Bolívar antes de entrar a un concierto en la Casa donde se reunió el Congreso de Angostura.  Me la presentó Pedro Orta, fotógrafo de la UDO recién llegado de Francia donde se hizo profesional de la imagen.  Después del concierto, la noche resultó divertida en su casa sobre la grama.  Ella cantando y tocando el cuatro, excitada por la magia del vino más Pedro y yo contemplando aquella mujer alegre, desprejuiciada, exuberante.  Era tarde de la noche y nos despedimos como amigos, pero  después de la segunda velada  a los pocos días, me dijo que me quedara durmiendo en su cama.  Me sentí en aquel momento el hombre más feliz de la ciudad y Pedro, quien también me servía como fotógrafo en la Corresponsalía de El Nacional, lo observé como ido.  Andaba en una moto y había invadido un terreno al borde de la perimetral.  Ahí construyó un abrigo de madera y cartón piedra y le puso el nombre de un poema de Neruda: “Las Lavadas”.  Un aciago día saliendo de su proyecto de vivienda no se percató de la velocidad de una gandola que rozó su moto y lo dejó mortalmente tendido en la vía.

Elizabeth II

“Elizabeth II” introdujo una nueva faceta en mi actividad profesional.  Me hice patrón de lancha con título expedido por el Capitán de Puerto.  Adquirí dos acciones en el Club Náutico en embrión y estuve un buen tiempo surcando el Orinoco  con mi modesta lancha impulsada por un motor Johnson fuera de borda. Nunca fui más allá de la Carioca y el Puente Angostura.  En esa lancha pasearon amigos y personajes distinguidos como el pintor Alejandro Otero, quien me pidió lo llevara a la isla del Degredo para recordar su tiempo de niño lanzándole piedras a las matas de mango de doña Faustina La Rosa.  Una vez, en el más extremo de los estiajes, me quedé varado casi en la mitad del Orinoco llevando a bordo a los periodistas Vinicio Romero y Ricardo Maya, más nerviosos que una paloma atapada.