viernes, 25 de noviembre de 2011

Elucubraciones en una noche de verano


El Sol estallaba en la garganta de la Isla y la vitualla bullía en el caldero que flotaba sobre la leña seca encendida.  Afuera un murmullo de pájaro se colaba por las enredaderas mientras los cactus impávidos afilaban sus espinas para que nadie se acercase a la distancia precavida del corral. Mi madre estaba lejos del mar y los niños aguardaban inquietos en el quicio de la puerta.  Imaginaba que fuera ya de noche para ver las sombras de espantos desfilar sobre los muros de las casas abandonadas a la luz de la media luna.  ¿Qué hacer con el ocio era la pregunta cuya respuesta rutinaria se encontraba siempre en los barcos de hojalata que a fuerza de piedra y de ingenio construían las manos diminutas.  Los barcos surcaban la tierra y llegaban a un puerto donde el mar solo asomaba el claro retumbar lejano de sus olas.  Coche tenía una flor en la cintura y un espejito de mar donde se miraba ya avanzada la hora vespertina.  Había brisa de camarones y una luz siempre titilando en la jarcia del palo mayor del San Rafael de Mallía.  Salomón, su único marino, no tenía otra cama que la cubierta húmeda salpicada por el perrito ladrador de abordo.  Tío Félix contemplaba, desde la playa, el horizonte donde se clavaba la flecha cosmológica del tiempo y nadie más podía responderle a esa hora que las piedras que impedían que las olas se metieran por el zaguán de la casa de Benito Bermúdez.  De esas piedras dice la gente que salió el pedernal vindicativo que impactó  en la frente de Chaparro, el administrador de las salinas,  el día en que el mar no quería saber más de sales ni de miedos.  Chaparro descuartizado en medio de la calle fue un hecho inolvidable que paralizó las campanas de la Iglesia y clausuró por un tiempo el nicho de San Pedro. Tío Félix, soñador y contemplador, era de vez en cuando castigado por un dolor intenso  en el costal abdominal derecho, por lo visto, muy cómplice del insomnio   Un dolor puntiagudo como lanza toledana que desvelaba los tres-puños anclados en el puerto de la Playa del Medio, incluyendo a Vidal, Modesto y la maestra Merita Marín devotos de Morfeo..  Incluso a Mario, artista  alto, blanco y amanerado que se esmeraba por el mes de junio en retocar con trementina y esmalte  la escultura de San Pedro.  Mario era un plástico tan artista como bromista de mucha chispa, siempre con un entorno curioso de muchachos que apenas distraían las campanas de la Iglesia y los cañones del herrero Canoncito ambientando anticipadamente el gran suceso de las fiestas patronales. El busto de Bolívar estaba ausente de la plaza y desde los portales de Telésforo Lares, mayordomo de fábrica y antecesor de Tomás Marín,  salía la dotación pirotécnica y el carrito Ford tablita que hacía viajes hasta La Uva, un rudimentario puerto de pescadores siempre lleno de brisa, de arrecifes y de un acantilado con lampazos de arcillas de todos los colores.  Aquí moraba en compañía de su hijo Alejandro y de un corral de chivos, Flores Robles Brito, el curador del pueblo, el salvador, el padrino de todos los muchachos salidos del vientre de sus madres con su hábil intervención en ocasiones asistido por una solícita  comadrona y santiguadora llamada Angélica, amiga de Petronila., la que alargaba los pasos con fuerza increíble.  La que habría ganado al mensajero de Maratón sin tener que morir en la meta no obstante su longevidad calculada en casi un siglo y, según sus términos, atribuida en parte a la copita de ron blanco de cincuenta grados que Tía Victoria le brindaba en la mañana cuando sus piernas de ébano devoraban la distancia desde las inmediaciones del Boquerón de Leandro hasta el vecindario de los Fernández.
            Otro que devoraba distancias aún más remotas era Goyito Ñao, magro y  estirado con sus pantalones curtidos de media pierna y la camisa arremangada.  Goyito solía venir a la sirga con su madero cortando en  larga navegación las olas moribundas del litoral, desde los acantilados de La Cabecera hasta Punta Honda donde recalaban al amanecer las naves pescadoras de Chilango.
            Pero si este Goyo o Goyito Ñao vivía oteando la madera que los ríos arrastraban en alguna parte hasta el mar para luego atraparla en la costa, ya cansada del garete y de la brisa, había otro -Goyo Suárez-,  distinto en el quehacer, aunque también trabajaba la madera, pero dándole formas con hachuela, serrucho, cepillo  y formón.  El hombre alto, quemado y desgarbado, lucía unos bigotes abultados donde según Mario Marcano quedaba arremansado buena parte del majarete que le seguía al café de la mañana.
            Completaba el trío el matarife del pueblo, Goyito también, más por diminuto que por afecto.  Vivía en Playa del Medio y era hermano de Chucha Marín, viejita cariñosa, sin la cual Marceliana Coello no podía subsistir a pesar de su abolengo y su eterna virginidad, sin más espacio que una casa antigua y aislada, dotada de piano y piso de ladrillo, donde Darami, un perro lanudo, negro y hermoso, espantaba las moscas con su rabo mientras dormía su gratuita ociosidad.
            Una ociosidad envidiada por los cochinos de los patios vecindarios en los que Goyito Marín eternizaba la mirada,  no por humana sensibilidad, sino por los bistec y las morcillas que tanto le apetecían y en función de ese manjar se ofrecía para sacrificar a los marranos de los que nunca faltaba uno en el patio de Evangelia.  Goyito Marín tocaba la puerta a las dos de la madrugada y minutos después el chillido quejumbroso del animal hacía que la gente despertara con esta frase a la luz del alba: “Evangelia amaneció hoy con la trompa lucia”.
            Elisa, en cambio, rechazaba la carne de cochino por temor a la triquinosis, con la cual estaba de acuerdo Canón, su esposo, no obstante su condición de matarife con cuchillo de doble filo protegido en una vaina de cuero repujado sujeta al cinto.  De allí su preferencia  por el ganado caprino que le costaba un poco más por tener que procurarlo navegando hasta Costa Firme toda vez que los hatos de chivo eran muy escasos y nada productivos.
            Aquellos cerros pedregosos, impropios para el pasto, donde sólo prosperaban las xerófilas, no querían nada con los chivos y éstos menos con  tierras tan inútiles para la agricultura.  Años había en que la lluvia pasaba de largo y los niños compungidos, con los brazos cruzados, se quedaban  estáticos reprochando la ausencia de las nubes.  Pero cuando Canón colgaba en garfios las partes descuartizadas, el olor a carne fresca traspasaba las fronteras del alma y la alegría de aquellos que no podían adquirirla se transformaba en pena o en una chispeante ocurrencia.
            La cecina de cabra o chivo era más barata.  Por eso muchos aguardaban que Canón salara el excedente y lo expusiera al Sol para luego darse el banquete con frijol bayo, el mismo que desde tiempos primitivos utilizan los llaneros para el clásico palo a pique.  Pero en Coche no conocen el palo a pique.  Lo más tradicional es la sopa de gallina que también es plato excepcional, vale decir, para días muy especiales, toda vez que el plato ordinario y fundamental es el que se prepara con los productos del mar.  Por eso el cochero es tan desgrasado, fibroso, fuerte y longevo, porque su dieta cotidiana es a base de lo que le ofrece el mar que lo rodea y cada fruto, por supuesto, tiene su tiempo, la lisa, el lebranche, el carite, la sierra, el corocoro y la tripa de la madreperla que saca de la rutina de las redes al pescador.
II
Circundada por el mar inmenso lleno de gaviotas alborotadas por  peces atrapados en las redes.  Redes tiradas desde mar afuera y atraídas con soga desde tierra.  Peces de todos los tamaños y colores, desesperados por romper el copo de mayas diminutas. Entonces se oye decir en la comunidad que  “Chilango está de lance” o Justino Marcano, el de la Playa del Medio con un buen cardumen de corocoro.
Tierra anegadiza por los cuatro costados, menos donde surgen los acantilados arcillosos y vetados de colores al pie de arrecifes y corales.  Más allá de La Uva donde sólo abundan  cardones y  guamachos con sus áridas espinas y circundados  de melones también espinosos junto con los calcanapires.
Tierra áridas estas de Coche donde los desiertos son de piedras, piedras amarillas, calcinadas por el sol quemante.  Cerros bajos, ondulantes, sin más valles que los habitados por pescadores que parecen parias, mientras la otra gente parece mirarlos con desdén, pero se alimenta de ellos. 
Repican las campanas con la alegría del  niño que se ausenta y otras veces doblan al compás de la procesión del adulto horizontado.  La vida transcurre silenciosa y rara vez interrumpida por un grito bullanguero o destemplado lanzado desde cualquier parte, más de las veces cuando surge una riña entre muchachos descalzos y sin camisa.
Aquí la gente vive una rutina que ya es ritual de vida que lo conduce hasta la vejez y a una muerte que siempre encuentra su refugio en la ruptura de una tierra amurallada, alejada del mar.
III
Froilán Lunar o “Chilango”, era un negro de ébano que tenía los ojos perdidos en el horizonte.  Su mujer, Antonia López Lunar, a la inversa, parecía por su talla, rasgos y color, descendiente de hispanos.  A veces pensaba si acaso no era pariente lejano de  Juan López de Archuleta, iniciador del poblado de la Isla de Coche el 28 de julio de 1526, pero a ella ni remotamente le pasaba esa posibilidad por la mente.  Vivía pendiente de su negro de ébano que madrugaba todos los días de Dios pensando en su próximo lance de lisas.  El hombre con sus binóculos detectaba el cardumen subiendo o bajando desde su misma ranchería a la orilla del mar de Punta Honda.  Lo confirmaba después el pescador vigía que siempre estaba en el cerro del Piache, trepado sobre los restos del Faro que destruyó Alejandrito Coello el día en que se anunció la muerte del dictador Juan Vicente Gómez.  ¡Que manera de exteriorizar su rabia reprimida! Dicen que  comentó la Tía Beca mientras le servía su ración de pescado sancochado a la brava perra “Rancho” siempre amarrada al tronco de la mata de Yaque.



miércoles, 23 de noviembre de 2011

Las Diversiones

En la Isla sacan a la calle en los primero días de año nuevo unas comparsas llamadas “Diversiones”, pues al fin eso es en esencia, diversión. Y nada mejor para empezar el año que la representación teatral de lo que es el modo de vida de un pueblo aislado, pero en comunicación permanente con el mar y todos sus elementos.
                 Es un drama, la representación de una acción cotidiana que tiene que ver con la subsistencia del hombre de mar, es el teatro popularmente folklórico de la pesca que seguramente debe tener su origen en el pasillo, raíz del teatro español caracterizado por la simplicidad de sus argumentos y porque su acción se desarrolla entre gente humilde del pueblo presentando cuadros alegóricos acompañados de música, danza y canto.
                Las diversiones de la Isla Coche son eso, cuadros alegóricos de la pesca, animados por música, danza y canto.
                Los preparativos comienzan con uno o dos meses de anticipación por iniciativa de tres personajes básicos: el financista de la comparsa; el compositor que se inspira en un popular o extraño ejemplar de nuestra fauna marina y el artesano que con artística habilidad sabe dar plasticidad al motivo de la diversión. Luego habrá que comprometer a los músicos, generalmente cuatristas, guitarristas, bandolinistas, maraqueros y tamboreros, más 14 ó 20 gaurichas que en este caso tiene una acepción muy distante a la que le da el diccionario de la lengua. Aquí las guarichas son muchachas alegres y con buena voz que danzan y cantan en coro al compás de la música en dos columnas enfrentadas y alternando posiciones, una que lleva el paso de toda la versificación y la otra que corea con un verso estribillo.
                En el centro y rodeado de espectadores se escenifica el drama, a veces trágico-cómico de la pesca. El pez, la red, el bote y el o los pescadores que cumplen su papel, disfrazados con máscaras de lona. Al final el pescador sale victorioso de su faena, pero algunas veces y ésta es la parte trágica del drama, sale lesionado por la aparición de una raya, un pez-espada o una tintorera.
                De estas pintorescas diversiones salió el célebre “carite” del ebanista y bandolinista Rafael González y el cual, ejecutado a ritmo de merengue, se tiene como representación relevante de la música folklórica margariteña.
                En la propia isla de Margarita estas diversiones se hacen con los más variados ejemplares de la zoología y son populares en este campo la Burriquita, la Iguana, la Culebra, la Osa, el Guayamate, el Pavo y el Turpial.
                Tan populares como el carite en la Isla Coche son la Lisa, la Anchoa, la Tortuga y el Robalo. En 1986 los cochenses sacaron el “Rabo-Rubio” de carne exquisita y que pareciera un híbrido de pargo y corocoro.
                A veces las diversiones se vuelven dramas de protestas como lel ocurrido contra las Arrastradoras. La Arrastradora es un moderno sistema de pesca importado del Japón y el cual tiene la particularidad depredadora de atrapar a cuanto pez grande o pequeño se le atraviese y al mismo tiempo destruir la flora marina en general.
                Los cochenses que también se hacen llamar sampedrenses en razón de que su patrono es el apóstol San Pedro, atribuyen la acentuada escasez de peces, a pocas millas de la costa, a la depredación constante por el sistema de arrastre.
                Todos los años, en diciembre, tiene lugar en la Isla un festival donde participan diversiones de todo el Estado Nueva Esparta. En 1986 iban por el décimo. El mismo era organizado por el centro cultural que dirigía desde hacía diecisiete años el sociólogo Romero Arismendi. El año anterior lo ganó “El Bagre” diversión organizada por los pescadores del caserío Güinima.
                Durante esos festivales se les ha rendido homenaje a compositores famosos en el medio como Rafael González, autor del Carite; al médico José Francisco Marval; al bandolinista Eladio González, al guitarrista Abdón Lozada, Susano Salazar, Mateo Salazar, Froilán Lunar, Lencha Millán, Cuicha Lozada, Chemané González y José Mayo.
                En septiembre del 85 las diversiones de Coche se presentaron en Ciudad Bolívar, El Tigre y tenían invitación pendiente para actuar en la Siderúrgica del Orinoco donde existe una buena colonia de isleños encabezados por Régulo Salazar y el médico de Pozo Verde Aníbal Bermúdez.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Mis primeros zapatos

Lo confeccionaron en Loa Robles del Pilar margariteño, muy cerca de la Escuela de Artes y Oficios donde Trina, la directora, le sonreía al sacerdote hijo de Los Millanes.  No hallo las palabras exactas para describir ese regocijo tan propio de los niños cuando  el Padre Marcano me hizo ese regalo que vino a suplantar definitivamente mis tradicionales alpargatas de goma, las más baratas.  Las de suela de cuero eran de lujo y sólo  posibles en las fiestas patronales. Ay, de tanto usarlas mis pies  de ancho parecían unas chalanas.  De modo que cuando calcé mis primeros zapatos sufría las de Caín o las del Señor en El Gólgota, pero no obstante las exhibía orgulloso.  Aquellos orgullosos zapatos me los regaló el Padre Marcano más por él que por mí y me recordaba los del hijo de Perucho Alfonzo, el carpintero de Los Olivos,  que la primera vez que los calzó se agachaba cada cien metros de camino para quitarle el polvo con un trapito que a manera de pañuelo cargaba expresamente en uno de sus bolsillos.  Por eso, se mantenían  lustrosos los días festivos o en las fiestas patronales de San Pedro.

domingo, 20 de noviembre de 2011

El primer automóvil

El primer automóvil que llegó a la Isla de Coche fue un Ford un poco más perfeccionado que el Ford Tablita.  Lo trajo el comerciante y dueño de trenes de pesquería,  Manuel de Jesús Coello, con chofer y todo.  El Chofer era Eugenio (Geño) Mata que competía en destreza con Simón Lares, quien trajo el segundo automóvil.  Simón era  hijo de Telésforo Lares, padre también de Josefina Lares quien  fue amante de Jesús Ramón Coello, de quien tuvo tres hijos.    Después Geño Mata, un personaje muy simpático, colaboró para que nevos autos ingresaran a la isla, entre ellos, el de  Froilán Lunar.  El de Froilán lo conducía su hermano Emeterio Lunar.  En cierta ocasión siendo un muchacho travieso me le atravesé intempestivamente y emprendí veloz carrera tratando de evitar que Emeterio me atrapara como en efecto me atrapó para llevarme envuelto en una queja a la casa de mi Madre, quien me castigó severamente con una correa, pero mi Madre indignada, en vez de coger la correa por la hebilla la tomó por el otro extremo y la hebilla terminó hiriéndome la cabeza.  También acostumbraba yo junto con otros amigos de la infancia callejera montarme en la parrilla trasera de los carros, pero cuando el conductor le imprimía velocidad me lanzaba a tierra sufriendo raspadura en la piel que  mi Madre después de una rigurosa reprimenda me curaba con árnica.  Geño Mata y Simón Lares eran los  mecánicos de todos esos carros a los que había que pender a fuerza de manilla y muchas veces empujados.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Maneque

O mejor, Manuel Marval.  Por “Maneque” lo conocí desde que tuve uso de razón y por tal lo conocieron los 5 mil habitantes de  La Uva,  Guamache, Güinima, La Gloria y San Pedro de Coche. Maneque era gordiflón y bonachón  De hablar suave, bromista y mamador de gallo.  La juventud cochera frecuentaba su espacioso establecimiento techado de bambalinas, atraída por su salón de baile alternado con mesas de billar, piscolabis y merengadas inventadas o propuestas por los mismos clientes habituales.  Antes de que viniese la novedad lúdica de las mesas de billar, el salón era un Dancing de fin de semana, de feriados oficiales y fiestas patronales, primero con gramófono, después con toca-discos seguido de rockolas y durante los días de fiesta patronales con música en vivo.
Lo que realmente se hizo popular a toda hora fueron las mesas de billar.  Había que hacer cola para turnarse y echarle tiza a la perilla de los tacos antes de atacar las bolas negra, roja y blanca hasta lograr las carambolas.  Estaba en boga el nombre en todas partes de Willie Hoppe, el mejor jugador de todos los tiempos y tan bueno era Chucho Liboria con el taco que lo endilgaron  ese nombre.
Con uno de esos tacos de billar golpeé malamente al grandulón de Nemesio por meterse  hasta hacer llorar al niño Toribio.  Mi minoría de edad no fue óbice para que el Jefe Civil me encerrara durante 24 horas en un calabozo.               
Una vez sorprendí a Maneque en el patio de su casa bañándose con totuma completamente desnudo y quedé impresionado de su pipi de niño y  me imaginé  a ese gordo con pipi tan corto haciéndole el amor a Josefina, una blanca, hermosa pero pragmática mujer que tuvo tres hijos de mi padre que fue un mujeriego a toda vela.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Chente

Inocente Salazar Hernández nació seguramente el 28 de diciembre porque el Día de los Inocentes ponía una fiesta en casa de familia amiga y bailaba hasta más no poder con las chicas sobresalientes  del momento.  Primero con música desprendida de la guitarra de Abdón Lozada y el bandolín de Rafael González, después con los gramófonos, las vitrolas y autofónicas y finalmente con el picoteo de Juana y María Lunar.
Chente era blanco como todos los miembros de la Familia Hernández, lejos del color de su Madre.  Tenía la vitalidad de un hombre sano y despierto.  Sin duda el discípulo más aprovechado de Jesús Ramón Coello, tanto que llegó a desempeñar todos los cargos que éste ejerció hasta que la locura producto de la soledad y el desengaño lo pusieron fuera de  órbita.
Chente fue secretario eficiente, maestro de escuela y jefe civil que era lo que más se podía aspirar en la isla.  Con el correr de los gobiernos terminó siendo adeco igual que Manuelito y Edecio Salazar que eran los caudillos.   El únicos contrarios por urredistas era Justo Vásquez y Mallía que hasta preso estuvo sin que pudiera sacar el revólver escondido en la caja-maleta de viajar y que dudaba en sacar entre amenazas y vacilaciones.
Chente después de tanto bailar y bañarse con totuma al borde del estanque de la Jefatura, se casó con Gloria Fernández y montó una tienda en Margarita en donde terminaron de transcurrir sus noventa años sin que el pueblo al que sirvió como maestro, guía y luchador por sus reivindicaciones lo recompensara con el voto el día que aspiró a ser concejal o alcalde para servir mejor.  Yo jamás pude entender ese comportamiento extraño de los pobladores.

Petronila

Petronila era alta, desgarbada y oscura como la noche.  Tenía 90 años cuando la conocí  vegetando en la casa de María Hernández, que se quedó como mi hermana, niña toda la vida.  En la misma casa de Fina, la mamá de Toño Fiona y de la La Morocha, madre de Inocente Salazar (Chente), maestro que me enseñó las primeras letras y  reía cuando me ponía a contar y daba unos saltos enrevesados interrumpiendo la secuencia numérica.
Petronila caminaba todas las mañanas muy temprano de su casa a la bodega de Tía Victoria a zumbarse la mañanita de un solo trago, una copa de ron blanco con olor a fregosa.  Al parecer, según decía,  ese trago matutino era el responsable de su longevidad.
Petronila acortaba la distancia a paso de vencedores llevándose por delante las piedras rodadas del camino, la casa silenciosa de Evangelia, la Iglesia de San Pedro y la morada azul y roja de Mallía.  Ella, Petronila, mantuvo un diálogo inescrutable consigo misma hasta que decidió renunciar a las voces ancestrales de la tierra cabalgando sobre la melaza depurada de la caña de azúcar.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Flores Roblis Brito

“La Uva” queda en un punto geográfico noroccidental de la Isla de Coche.  El nombre seguramente le viene por la existencia allí de  las llamadas Uvas Playeras (Coccoloba uvifera) propias de playas y manglares, leñosas, de hojas verdes redondas con nerviaciones rojizas. Florece y fructifica durante casi todo el año. Sus pequeñas flores verdes se producen en una espiga larga que luego se convierte en un racimo  de frutos jugosos y dulces, de fuerte aroma y buen sabor. La grandeza de sus hojas ofrecen buena sombra, diferentes a los de los viñedos puesto  que no es enredadera y la pulpa de sus frutos envuelve a una sola semilla grande  Las plantas de “La Uva” eran en su mayoría xerófilas y entre los animales abundaba el ganado caprino.  El único habitante de La Uva era Flores Robles Brito junto su único hijo Alejandro y las mujeres del oficio diario compañeras de pescadores de nasascercanos.
Flores Brito era un médico empírico adorado por el pueblo agradecido de sus curaciones casi milagrosas.  Si algún paciente llegaba a fallecer bajo su cuidado, no era porque había fallado  él sino porque Dios estaba para bien o para mal urgido de su presencia allá en el cielo.  Por esa filosofía religiosa de vida estuvo justificada incluso la misma muerte de ese hombre de presencia resaltante, devoto del Corazón de Jesús cuya imagen él mismo costeó para que fuera venerado en la Iglesia del pueblo.
Heredó sus trastos de medicina su hijo Alejandro, quien se mudó al Guamache, una aldea de pescadores relativamente prósperos y desde entonces La Uva quedó así como abandonada y mucho más cuando la Dirección de Asistencia Social del Estado se vio obligada a asignarle un médico permanente a los pobladores de la Isla aprovechando la inmigración de galenos que venían de Europa horrorizados de las consecuencias  de la Segunda Guerra Mundial.  Llegó el Doctor Cooper, que adoptó como diligente ayudante a Chucho Liboria que era alto y delgado como él aunque de color pardo.  Después de Cooper vino en iguales condiciones el doctor Estanislao Windiga Nistan, polaco como el anterior, pero más voluminoso y reconcentrado.  A mí me buscó algunas veces para que las patologías con nombres científicos, le buscara su equivalente en el lenguaje criollo coloquial.  Así por ejemplo, le hacía saber que al asma bronquial los cocheros la identificaban como fatiga.
La vida profesional de Windiga en Coche duró poco porque se apareció un salvaje de la política margariteña  y por quítame esta paja de la oreja le dio un tiro.  El voluminoso médico estuvo en el suelo agonizando y todo el mundo impotente, paralizado, sin saber qué hacer hasta que entregó su vida a la tierra sin reclamo ni justicia.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

De los tres Nicanor hasta mi Tía Regina

Desde mi perspectiva residencial trazaba una línea imaginaria en forma de ángulo obtuso para ubicar las viviendas de los tres Nicanor que conocí durante mi infancia: Nicanor Arismendi, herrero y jefe civil del pueblo; Nicanor Bello,  el que iba a Costa Firme en busca de ganado caprino para convertirlo en cecina y exhibirlo colgado en garfios para su venta y Nicanor Fernández, padre de Canoncito, sonámbulo que tanteaba como alma en pena las noches escondidas detrás de la luna.
Nicanor Arismendi (Canón) era relativamente alto y delgado aunque un poco inclinado, tal vez por la mandarria de su herrería de forja, tenía hijos de talla poco levantada como su hijo homónimo, herrero como él y el hombre experto en los fuego artificiales que se utilizaban en las fiestas patronales de San Pedro, la Virgen del Carmen y el Corazón de Jesús  Además era muy ocurrente y adicto al ron blanco.
La otra hija de Nicanor era  Paulita, chiquita pero altiva, esposa de Juan Gil, el Tuerto Juan Gil,  de mucha plata y poca bulla que  además de su vivienda-negocio tenía otra a  orilla de la misma playa donde atracaba su bote cada vez que regresaba de un puerto comercial de cabotaje.  Esa era una casa depósito, pero también donde tenía sus revolcones amorosas que tuvieron como consecuencia dos hijos fuera del matrimonio.
Juan Gil era un hombre poco divertido, dicen que de origen corso y su ruta de la playa a su casa era invariable, pues además de la bodega suficientemente surtida, tenía una mesa acondicionada y dispuesta con manto negro donde vertía las perlas que compraba a los pescadores, antes de pasarla por el monóculo y establecer su avalúo.
Sus hijos Emerio, Efraín, Elinora y Freddy no se codeaban con todo el mundo y desde temprana edad comenzaron sus estudios protegidos por los Coello tanto en Porlamar como en Caracas.  Freddy, el menor de ellos, sin embargo, tuvo comunicación conmigo que era prácticamente un “pata en el suelo”.  Hurtaba los cuarticos de anís de la bodega de su padre y me buscaba para libarlos en lo alto del cerro del Faro bajo la luz de la estrellas.  A Efraín lo conocí en Caracas cuando, al igual que Elinora estudiaba uno  en el Fermín Toro y la otra  en el Liceo Andrés Bello y vivían en el Este 10 Bis 144, casa de la Familia Coello.  La matrona de la casa, Regina de Coello, era mi tía por parte de padre y había tenido el desprendimiento de acogerme en el seno de la familia cuando con una beca de 200 bolívares fui a estudiar en la Escuela Técnica Industrial.  La ETI funcionaba de Perico a San Lázaro antes de mudarse para la Ciudad Universitaria.  En la casa vivían además Carmen Verónica Coello (Pediatra), Pedro Luis Coello (estudiante de odontología) y Carlos Enrique, renuente al estudio.  Un solo baño para tanta gente y apenas cuatro cuartos. La realidad se complicaba cuando de Cumaná o Margarita llegaban huéspedes. El patio de la casa colindaba con el río Guaire, un día éste se desbordó y vi mi pobre maleta navegando por el corredor de la casa.  Subí a la azotea para contemplar asombrado el espectáculo desbordante del río y me encontré con Luz Machado, vecina que también se había subido.  Ya era nacionalmente conocida como poeta guayanesa de intelectual estirpe  Su padre, José Gabriel Machado, era reconocido jurista y director del Museo Talavera en Ciudad Bolívar.  Ella ni siquiera me habló, pero le metió el ojo a un poemario de Manuel Acuña que yo tenía sobre el tanque surtidor de agua de la casa, abierto por la página que el poeta mexicano le dedicaba a Rosario y por cuyo amor no correspondido se consumó en el suicidio. A Luz no la volví a ver sino cuando ya Corresponsal del diario El Nacional en Ciudad Bolívar, me tocó entrevistarla.  Entones nos hicimos buenos amigos y cuando me nombraron Miembro Correspondiente de la Academia Nacional de la Historia en junio de 1994, ella estuvo presente en el acto y luego me invitó a almorzar en su casa del Cafetal dominada por un cuadro del pintor Régulo Pérez.  Su último libro “Imágenes y Testimonios” fue prologado por mí.
A Carmen Verónica Coello la había conocido cuando ella era médico residente del Hospital Ortega de Porlamar y decidió hospitalizarme hasta que me curara de un eczema en la pierna.  Allá fui a tener cuando era monaguillo del Padre Agustín de La Asunción y vivía en la misma Casa Parroquial desde que el Padre Juan Bautista Marcano, quien me había sacado de la Isla de Coche, ahorcó los hábitos religiosos tras un jolgorio en la Plaza de los Robles.  Estudiaba cuarto grado en la escuela  Francisco Esteban Gómez con la maestra Nuncia Villaroel.
Era Carmen Verónica Coello además de profesional de la medicina, una excelente mujer, muy de la casa y muy de la familia.  Trabajaba en el Seguro Social y  Consejo Venezolano del Niño me incluyó en su libreta de salud, lo cual me vino muy bien, sobre todo cuando en diciembre me levanté de madrugada a patinar, me sujeté a la plataforma de un camión chasis largo que pasaba, con la mala suerte que luego de rodar felizmente caí con mis patines en un hueco, me golpeé  y derramé el líquido sinovial de una rodilla.
Ella, la doctora, junto con su hermano Pedro Luis, había sido diputada de la Asamblea Legislativa de Nueva Esparta, ambos por Acción Democrática, pero vino el golpe militar contra el Maestro Gallegos y todo se volteó.  Comenzó la persecución   En la clandestinidad, Carmen Verónica sirvió de correo a Rómulo Betancourt y por infidencia de alguien, fue torturada.  Su casa la allanaron varias veces, incluso cuando yo residía en ella.  Todos los que vivíamos allí fuimos fichados, de manera que cuando yo me vine a Ciudad Bolívar fui detenido por la Seguridad Nacional durante 15 días hasta que la influencia de un primo, Jesús López Fernández, gran masón y Gerente de la Cervecería Victoria, hizo posible mi libertad.
Pedro Luis Coello estudiaba y el trabajo  que debía presentar para graduarse consistía en corregir los males de cualquier dentadura de un paciente para lo cual me presté airosamente.
Carlos Enrique era el niño consentido, salía a la calle y solo venía a hacer sus comidas.  Una vez se le metió en la cama a una de las muchachas de servicio de la casa y a la media noche se formó el escándalo, en cambio no era así cuando Efraín y yo nos metíamos. Más tarde como para librarnos de culpa incorporamos al convite sexual a  Hernán Salazar y Marcos Fernández, paisanos que también estudiaban en Caracas y los domingos venían a visitarnos. Entonces hacíamos cola para hacerle el amor a la ingenua muchacha hasta que salió embarazada y no sabía a ciencia cierta de quién de los cuatro.  De todas maneras cuando fue sometida a confesión por la doctora Coello dijo que era de mí el embarazo. Como Carmen Verónica prestaba servicio en el Concejo Venezolano del Niño tuve temor de que me casaran y con la ayuda de los demás compañeros me fugué de la casa.  Cuando nació el bebe había sacado todas las señas de su verdadero padre.  Sin la prueba del ADN todos estuvieron de acuerdo en señalar a Efraín como el verdadero padre.
A raíz de este suceso mis estudios se truncaron en la Escuela Técnica donde quería seguir la carrera de químico industrial.  Arrimado en una pensión con mi primo Marcos traté de buscar trabajo.  Me fui a La Guaira a la casa de Nicolás Salazar, el padre de Víctor Salazar y esposo de mi madrina.  Él, paisano y amigo de Miguel Otero Silva, me llevó a la Dirección de El Nacional para ver qué podía hacer por mí. Estando en eso recibí comunicación de mi mamá.  Su sobrino, gerente de la Cervecería Victoria en Ciudad Bolívar necesitaba de un empleado.  Hice contacto con él y acordamos encontrarnos en Cumaná.  Allá me fue a buscar en una camioneta pickup y comenzó la etapa más divertida y fructífera de mi vida.
Me olvidaba hablar de Enriquetica Coello, la hija menor de  Tía Regina, inteligente y eficiente secretaria, trabajaba en una oficina importante de Caracas, pero casi siempre atacada por el asma bronquial.  Yo era el encargado de ir a la farmacia a comprar los fármacos broncodilatadores. Su primer amor creo, era un hombre alto y elegante que siempre iba a la casa a visitarla, pero luego de cierto tiempo, qué decepción, “Ultimas Noticias” publicaba su foto acusándolo de estafador.  Las apariencias engañan y deslumbran.
Mi Tía Regina tuvo su primer hijo fuera del matrimonio y era el administrador de un establecimiento de maquinarias ubicada en Puente Mohedano.  Una vez me llamó para que cobrara los honorarios profesionales a varios médicos amigos que atendían pacientes a domicilio.  Me pagaban cinco bolívares por cada cobro de 25 bolívares que costaba la visita domiciliaria.  Con las ganancias me compre una bicicleta con la que pedalee toda Caracas y muchas veces iba desde El Silencio hasta Alta Vista o Petare.  Cierto mal día un carro me chocó la bicicleta y los transeúntes se apiñaron condolidos de mi y pensaban linchar al conductor si no me compensaba los daños.  Esa bicicleta la estacionaba y dormía en el porche de la quinta a la vista de los transeúntes. Ladrones y rateros eran escasos en Caracas o estaban muy bien controlados.  Mi bicicleta como el pan y la leche que de madrugada el repartidor  portugués dejaba a la entrada, permanecían intocados por mano ajena. Por fin, alguien se antojó de la bicicleta y me la hurtó, afortunadamente ya estaba bastante trajinada. Cuando en la Isla se propagó la noticia, los cocheros contaban que la primea bicicleta robada en Caracas fue la mía, seguramente estaban en lo cierto porque Caracas en los años cincuenta era una ciudad muy segura.

martes, 15 de noviembre de 2011

Ñeros en el Mar Rojo

Los “Ñeros” estaban como pobres de nuevos horizontes cuando el turco Salim les abrió los postigos de lugares remotos que excitaron  su espíritu de hombres de mar y, sin pensarlo mucho, un día antes de la octavita de la virgen se hallaban buceando los ostrales del Mar Rojo.
De Margarita a las costas de Arabia hay un buen trecho y la distancia se refleja en  la naturaleza, forma y color de las costas.  Perlas como las de Paraguachoa, ninguna.  Aquellas madreperlas de allende los mares eran más pobres que el alma del "turco" Salim Abouchamad, empresario de la idea.
En la propia geografía de los acontecimientos, allí frente a las costas de Eritrea y Socotora, las celosías de la emoción por nuevos mares promisorios se cerraban.  Había que regresar.  Caletearon pesados fardos del ejército italiano que se alistaba para invadir a Etiopía y se hicieron de unas cuantas liras para sobrevivir y escapar de los nubarrones belicistas que se cernían sobre la negra Abisinia.
En Venezuela, Gómez tenía la muerte anunciada, pero el Correo era más expedito  que el de ahora y mi General pudo enterarse a tiempo de las vicisitudes de aquellos diecisiete pescadores margariteños que quisieron establecer su ranchería en las costas africanas.  De manera que ordenó todas las providencias consulares para reponerlos de nuevo en el punto de donde salieron un 24 de julio de 1934.  Al cabo de trece meses retornaron los “ñeros” de aquella  aventura parecida a un cuento de la sultana Scherezada.

lunes, 14 de noviembre de 2011

La Brava Tintorera

Los tiburones que merodean por los mares que circundan la Isla de Coche son inofensivos.  Con cualquier golpe de  canalete se espanta.  Por lo menos es lo que cuenta Froilán Lunar (Chilango), pescador connotado de esos lares.

A los tiburones uno los arremete y desaparecen.  En cambio, con la Tintorera, muy parecida al tiburón, no ocurre lo mismo.  Esta suele espantarse con la primera arremetida, pero luego de la huida se devuelve “y allí viene el desguase”.
Chilango nunca aprendió a leer, pero le escribían y un turista le escribió y le envió recortes con las cartas cruzadas entre Arístides Bastidas y lectores de El Nacional referente al tiburón “con licencia para matar” a los James Bond.
Para este pescador, en la familia de los cetáceos como en la del género humano se consigue de todo y tal vez, Bastidas se refería, no al tiburón inofensivo de las costas de Margarita y Coche que nunca le han hecho nada a nadie, sino a su parienta la Tintorera de la que muy pocas se ven por aquellos mares y a las que los pescadores saben cómo tratar para que no se pongan en la mala con ellos.
Froilán Lunar vivió en el mar pescando por más de sesenta años, desde que era muchacho en la ranchería de los Coello y podía hablar con propiedad de la ictiofauna marina y contar vivencias extraordinarias no sólo de tiburones y tintoreras sino también  de la caballa que, según el, desbarajusta cuando el pescador la llama por su nombre, pero cuando exclaman “miren un cardumen de peces negros” estas se quedan como arremansadas y “a tirito” de arpón.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Chilango

Raro el morador de la Isla que no calce de por vida un sobrenombre.  De allí que  Froilán Lunar, hombre de piel pigmentada,  no escapara del “Chilango”, un apodo sonoro y contagioso que trascendió todas las olas del Mar Caribe donde solía tender sus redes (Chinchorros)  para capturar Cardumen de lisas, jureles, sierras o carites divisados a simple vista o con potentes binóculos por los Vigías apostados desde muy temprano en lo alto del Cerro del Piache.
Chilango, decía la gente, debe tener un santo milagroso en el cielo porque sus caladas por lo general resultan superiores a las de los demás pescadores dueños de las rancherías que ubicadas en lugares estratégicos se diseminan alrededor del litoral isleño.
Los patrones de barcos frigoríficos popularmente conocidos como lanchas “enhieladoras” contrataban el lance mar adentro y cuando no, el pescado era escalado y salado en tierra para extenderlos bajo el ardiente Sol hasta que ya seco pudiera ser comerciado a los barcos mercantes anclados o surtos en el puerto.
El propietario de la Ranchería al igual que el Vigía veterano, estaba dotado de una vista poderosa adiestrada en el oficio para  detectar el cardumen avanzando en cierta dirección y podía identificar la especie de acuerdo con el rielar el mar por impulso del masivo desplazamiento.
Por lo ordinario, el dueño de la Ranchería, muy de madrugada, hacía que los remeros de sus botes cargados de redes bogaran y se quedaran surtos en lugares estratégicos previstos de acuerdo con el tiempo, la temporada y posición de ciertas estrellas y allí aguardaba paciente el cardumen o banco de peces en pleno desplazamiento para cercarlos con sus redes en una envolvente maniobra.  La segunda tarea era llevar el chinchorro hasta tierra, operación larga y tediosa a través de sogas que los “jala mandingas” diestramente anudaban en la cabuya flotante paralela a la plomada de la red que impedía la fuga de los peces.  A veces la plomada se atascaba con algún escollo para lo cual había buzos que aguantaban bajo el agua hasta tres o más minutos despejando la red o remendándola en caso de rotura.
Punta Honda era toda una comunidad de pescadores adicta a la Ranchería de Chilango y cuando el lance era grande y productivo se formaba la gran jolgorio y las ganancias se esfumaban en aguardiente y sonora cohetería, tal cual como ocurre con el minero guayanés cuando le va bien en el corte o barranco o se topa una buena piedra de talla o un aquilatado cochano.

Lobos de mar y río

La diminuta isla de Coche, descubierta el 28 de agosto de 1527 por Juan López de Archuleta, y la cual llegó a ser hasta 1907 capital del Territorio Federal Colón que comprendía todas las demás islas del Caribe pertenecientes a Venezuela, con excepción de Margarita, ha dado entre muchos, dos hijos marinos arriesgados como su fundador, que mencionan con admiración las crónicas de ayer y de hoy por haber participado en aventuras  históricas singulares como la científica de Humboldt y Bonpland por el Orinoco hasta Río Negro y, la más reciente, cumplida a bordo del “Niculina”, peñero margariteño, hasta Río de la Plata, ida y vuelta, para demostrar la navegabilidad por los  países del Hinterland.
Son ellos, Carlos del Pino, a quien Humboldt embarcó en “El Pizarro” cuando este fondeo incidentalmente frente a la isla de Coche, y Antonio Coello Fernández, patrón del “Niculina” a bordo del cual Constantino Geroguescu Pipera y el camarógrafo Mark Mikolas, viajaron a través de los ríos de la Argentina, Paraguay, Bolivia, Brasil, Ecuador, Colombia, Perú y Venezuela.
Carlos del Pino murió en Angostura a causa de una fiebre perniciosa al regreso de la expedición humboldtiana de 16 meses, mientras que el primo Antonio Coello Fernández, continuaba entre Coche y Porlamar contando a cada amigo y paisano su proeza de mar y río que le valió un lugarcito en la historia de la ansiada navegación por los países del Orinoco, Amazonas y el Plata.

Perucho Aguirre

Perucho Aguirre, poeta y cantor de la tierra amada, me regaló su cuaderno que habla de las cosas más bellas y puras de la isla de Coche y de un momento imborrable de su infancia allá en su natal Otrabanda de la Asunción de donde también era su padrino Concho, Juan Cancio, el zapatero Cheque Larez y la maestra Luisa que tantas veces lo salvó de los correazos de aquel papá impositivo que enfermo se ponía la ampolleta él mismo en la vena.  Nos impresiona Perucho con su imagen de niño que trataba de entretener  la pena que le causaba la muerte de su padre y lo que aguardaba, empinado su volador desde la acera donde llegaban los lamentos y lágrimas del velatorio.
“¿Perucho, mijo venacá, es que no te das cuenta? ¡Tu padre en cuerpo presente y tú en esta calzá montado volador! ¿Tú no ves que estamos llorando? ¡Dame  acá! Ven para que te despidas de tu padre que lo van a tapar”... y Perucho soltándose de los brazos de su maestra pasó corriendo entre aquel gentío de ropas moradas, blancas, y negras hasta ganar el fondo de la casa y esconderse más allá, junto a un riito detrás de una guaratara grandísima donde los ñangaragatos le secaban con lágrimas el recuerdo de aquella sentencia de su padre enfermo postrado en el catre:  “Ya sabes, Concho, si me muero, tu eres el pái deste muchacho y cuidadito como me lo consientes una porque te salgo”.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Mallía

Angel María Rodríguez (Mallía), mi padrino,  murió en el timón del “San Rafael”, que henchido su velamen de trespuño viajaba cada quince días de Coche a Puerto La Cruz pasando por Cumaná, Cariaco, Santa Fe y ocasionalmente  Ciudad Bolívar, con pocas piedras de lastre, muchas arrobas de pescado seco y una que otra mara salpreso para los amigos y relacionados de cada puerto.
Mallía tenía siempre algo que dar además de su bendición de padrino y su inmenso corazón de marino a tiempo completo.  Su barco era pequeño y por eso en la cubierta sólo había espacio para él; Salomón, su único marinero, y un perro ladrador que mantenía a raya de estribor a los pequeños nadadores que asediaban el mango, el aguacate, el coco, el cambur y la caña dulce que el San Rafael traía de vuelta.
Los trespuños de Mallía, Chongoro (Isidoro González) y Jorge Fernández eran los que prácticamente aprovisionaban de frutos a la isla desde Costa Firme.  Cuando los barcos zarpaban, la Playa de los Medios, donde anclaban, quedaba desolada, pero cuando desde la Piedra del Piache divisaban las velas de regreso, el puerto se volvía una fiesta y sí a Mallía le iba bien, libaba unas copas y compartía su alegría con los niños.  Desde El Cardón hasta Valle Seco caminaba a paso forzado con una lata de caramelos debajo del brazo, respondiendo con frenesí a la algarada muchachera de “Picha Mallía / Más picha Mallía” mientras su compadre Justo Vásquez venía más atrás, a bordo de una cerreta, disparándole cohetes a las estrellas.

Juan Moya

Yo  temblando del susto, lo veía desde la rejilla de la ventana caminando con pisadas de trote demorado apoyado en sus muletas con las que trataba de suplir su pierna mocha en aquel largo sendero sin huellas desde Los Olivos hasta Valle Seco.  Juan Moyo me sobrecogía de miedo y con Juan Moya mi Madre me amenazaba  para que no me retardara tanto en los mandados.  Juan Moya  me deprimía de pánico al igual que los enmascarados de las Diversiones de Año Nuevo, lo mismo que la Chinigua, la Llorona, El Encapuchado, la Mano Negra y la Sombra entre tantos fantasmas y aparecidos en las noches sin luna ni bombillas, no obstante ser Juan Moya un alma de Dios invalidado en su tiempo de pescador por una Manta o Paz de espada.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Pablo Coello

Mi otro abuelo por parte de padre, fue el General Pablo Coello, quien según el Cronista de Coche, Jesús Rafael Cedeño (Campito), militó en el Partido Liberal, participó en la Guerra Federal y resultó electo Presidente del Estado Nueva Esparta en 1879.  Pablo Coello nació en Coche el 15 de enero de 1848 y contrajo matrimonio con mi abuela Braulia Cedeño  el 7 de mayo de 1873.   De ese matrimonio nacieron  Braulita, Saturnina, Ana Antonia, Irene, Regina, Belén Pablo, Jesús Ramón (mi padre) y Berta.  De ellos solo conocí a Berta en Caracas, mujer profundamente religiosa, culta, vivía sola, nunca se casó y viajaba mucho.  Conocí a Belén, quien residía en la zona urbanística del Cementerio en Caraca, y a Regina, de la que fui huésped en su casa del Conde Este 10 bis 144, cuando estudiaba en la Escuela Técnica Industrial. Pablo Coello tuvo la concesión del Gobierno para explotar las salinas de Coche y nombró Administrador a Juan Carlos Pacanins, con quien convino la construcción de la Iglesia en honor a su patrono San Pedro, imagen que fue adquirida en España junto con la del Corazón de Jesús.  Estuvo un tiempo dedicado al comercio y finalmente se retiro a vivir en Caracas, donde falleció el 13 de septiembre de 1896, a la edad de 48 años.

José de la Cruz Tillero

Mi abuelo materno era un apasionado del mar.  Un marino de alta mar. Mi madre me contaba que había navegado más allá del horizonte donde se juntan las tres cruces.  Era magro, de talla alta y con bigotes.  Tenía suerte con las mujeres y en él se cumplía el verso del poeta “en cada puerto un amor” “Los marinos se despiden y se van”.  Aunque de Pampatar, muy cerca de la Caranta, su destino inmediato no fue su propia tierra, la del Cristo del buen viaje,  donde alguna vez serví de monaguillo del Padre Marcano, sino la Isla de Coche  La isla del apóstol San Pedro, patrono de los pescadores, donde encontró casi por azar, a la bella Petra Antonia, mi abuela materna, con la que sin pensarlo mucho y entre viaje y viaje le sembró cuatro hijas –Rosa, Victoria, Juanita y Evangelia.  Todas hembras a las que un día cualquiera les dijo adiós para volver sino en el recuerdo.  Se ancló en Ciudad Bolívar, lo sedujo el río y la ciudad montada sobre un cerro vigilando permanentemente el paso ceremonioso del Orinoco.  El día menos pensado se embarcó en un bergantín y dejó a María de  Lourdes, su única hija bolivarense y se fue al encuentro de otros puertos.  Fondeó en Nueva York y en ese puerto le nació otra hija. Carmen María Tillero. Al fin decidió anclar para siempre en otra isla como la de su origen y escogió a Puerto Rico donde conoció y se enamoró de  Fidela de Jesús Atalaya Castaño, quien residía en la Calle Caparra 41 y  de cuya unión nacieron Carmen Mercedes y José del Carmen.  Allí vivió el resto de su vida y falleció a los 80 años.

Natividad

A Chongoro lo recuerdo un poco diluido en el tiempo buscando la estrella polar desde su pequeño barco anclado a  escasos distancia de su bodega encallejonada donde la inquieta  Natividad furtivamente sustraía los centavos del amor lejano que sólo yo disfrutaba a cambio de unas muy románticas carta que ella nunca supo escribir en respuesta a las que frecuentemente le enviaba su prometido desde cualquier puerto con algún marino amigo  de ocasión.  Natividad danzaba el amor a escondidas de sus padres, incluso de Petrica, su hermana menor, que yo veían revolotear como una mariposa entre los mismos caracteres de la carta que con tanta ansia, alegría y pasión, Natividad le respondía a José Manuel, el que se fue para siempre y jamás retorno sino cabalgando las olas del correo.

Pedro Pablo

Pedro Pablo era lúcido, facundo, memorioso y espirituoso.  Sin embargo, era aludido como “El Loco Pedro Pablo” pero no era propiamente loco sino un artesano chispeante muy leído y bohemio  Hablaba de los prodigios de la naturaleza y de los audaces líderes de las guerras.  Hablaba del Decamerón,  de Flanmarión, de Pigmalión, la Galatea, de Hitler, de Napoleón, de Luis XV, de Teofrasto y del manco de Lepanto y cuando apuraba las copas se desbocaba pronunciando sus discursos llenos de sapiencia hasta la madrugada.  Era hijo de Isabel Fernández, hermano de la maestra Chepina y de Rosita y todos, familiares y extraños, lo celebraban como un personaje sensiblemente extraño, más celebrado aún cuando se esmeraba en sus creaciones artesanas elaborado dijes y otros accesorios de la mujer con una concha de quelonio llamado Parape.  Muchas veces yo me desviaba de la Escuela para verlo en el patio de su casa trabajando y puliendo el Parape en forma de pulseras, hebillas, sortijas, zarcillos y las máscaras de papel embadurnado sobre un molde de arcilla extraída de los acantilados de La Cabecera.
Muy admirado se hizo Pedro Pablo durante los días de Año Nuevo cuando construyó y sacó la alegórica Diversión de un avión rodando sobre las ruedas del Triciclo de Marcos Antonio mientras Josefina Antón, la preciosa hijo de Chica Sánchez,  conducía como solista el coro de las guarichas.  A Pedro Pablo deje de verlo cuando me fui a Caracas y alguien me dijo después que lo había sepultado el mar o el aguardiente.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Martina

Era algo así como una energía telúrica que manaba de su cuerpo desgastado por la pobreza.  Magra y de mediana estatura era ella, inconcebible a simple vista que su estructura física soportara tanta carga, era sorprendentemente capaz de de levantar y trasladar a larga distancia una fanega de maíz sobre su cabeza o un haz de leña seca o una ancha mara rebozada de verduras.  Marta, la hija de Catalina acurrucada en un rincón húmedo y salitroso de su casa, madre de Morocho que se lanzaba a bordo de un carapacho de tortuga marina por la cuesta inclinada del Boquerón  donde Leandro cumplía su ritual agachado, madre de Abdón a quien el Jefe Civil le impacto balazo en una pierna por haberlo gritado, la madre de Cristina que parecía flotar con el espejismo lejano de la Salineta.  Martina, la cargadora insustituible  de Tía Victoria, la que despertaba en cadena con el sonido cacofónico del cabo de pala que iba batiendo por los cerros el joven empleado de Las Salinas, para ir en romería con las sacadoras de sal a los salobres pozos de El Secreto o manantiales de Valle Seco.  Marina, la que era feliz en el ambiente lúgubre de su pobreza, la que jamás claudicó ante la pesada carga que cimbraba sus huesos apenas sostenidos por el  mal amarre de su cintura. ¿Dónde estás ahora, qué te hiciste, Marina, fantasma de mis sueños rotos, imagen intermitente de mis elucubraciones noctámbulas?  

sábado, 5 de noviembre de 2011

Isabel (Beca)

Se llamaba Isabel, pero siempre prefirió la familia el cariñoso remoquete “Beca”.  La conocí ya prácticamente rozando ella la vejez con su espalda un poco encorvada, su caminar apresurado, su ropa de medio luto y su lenguaje coloquial.  Era tía de mi Madre puesto que era hermana de Petra Antonio, la madre de mi madre, también la hermana de Carlos,  Timoteo,  Primitivo, Cleto  que vivía en los cerros de Urica,  Catalina, vecina de mi casa y  Félix anclado con su barco en la Playa del Medio, acompañado de su hijo Guillermo con su mujer   El más allegado a mi casa era Tío Félix, ocasionalmente  cuando iba a echarme un chapuzón en el mar, lo visitaba y si no había gente en la casa me internaba furtivamente en el corral de las gallinas y aprovechaba la yema de los huevos.   
Estuvo Beca siempre al lado de Victoria, controlándole lo remeros de leña de la bodega acumulada en el patio, cocinándole, lavándole y cuidando del niño Marco Antonio, el hijo predilecto de la casa y al que nada le faltaba, sobreprotegido y travieso.
El hijo de Beca, Juan Fernández, se había hecho próspero allá en Tucacas (Falcón) y como le resultaba difícil sacar a su Madre de la Isla, le compró una buena casa frente a la plaza, que había pertenecido a Braulia Cedeño, la esposa de Pablo Coello, mi abuelo, en algún tiempo Gobernador del Estado Nueva Esparta. La casa siempre estaba sola y desde el patio, amarrada por lo brava  bajo un espléndido Yaue, la perra “Rancho” la cuidaba.  La ingrata me mordió en tres oportunidades al introducirme a escondidas en la casa para disparar con mi china a una bandada de pájaros, llamados “Rabo largo”,  que temporalmente emigraban desde Costa Firme.
                La insistencia del hijo venció a la Madre para que se fuera a su lado a pasar sus últimos días en Tucacas.  Beca toda llorosa alió sus bártulos y se fue en la embarcación que vino expresamente a buscarla.  No transcurrieron muchos días, como se presentía, sin que la matara la nostalgia y la distancia.

Elena Mercedes

Elena, Mercedes, porque nació el 24 de septiembre, Día de Nuestra Señora de las Mercedes, patrona de los cautivos.    Ella era la esperanza de su Madre, la última de sus hijos y la más sensible, soñadora, inquieta, buena hija, alma buena y solidaria.  Se recibió de maestra normalista en Cumaná en un tiempo en que el mercado de trabajo docente era reducido en cualquier lugar de Venezuela.  No lograba campo para el ejercicio profesional en la isla. Tampoco en Ciudad Bolívar ni en Maracaibo.  Regresó a la isla y al fin pudo enganchar en la misma escuela donde todos estudiamos.  La recuerdo con su garrafa de cristal buscando agua en los pozos de Valle Seco, Pedro Regalado y el Secreto o trepando las escabrosas rocas de El Piache en donde un día pretendí escalar la cresta con ella desafiando el temor por la escabrosidad y la altura.  Su único amor le falló a la distancia.  La suerte de las muchachas de Coche estaba entonces signada por la lejanía y la dilatada espera, la distancia más allá del mar.  Buscó refugio en los claustros espirituales de la Iglesia.  Al final desistió diluida su amargo sentimiento por la misma nieve del Sol occidental y encontró otro amor más cercano, musical, solicito y deportivo, pero seducido su ocio muchas veces por la influencia de un médico bohemio que trataba de curar los males del pueblo con su experiencia estancada por el vino, la música y las composiciones poéticas..  Ese es el peligro de una isla árida, una isla de sal, sol y viento, donde el paisaje se opaca con los cerros pelados y el mar desolado, donde la diversión es el canto, el vino y la guitarra.  Ese día aciago, el médico estaba ebrio y la niña encinta de su primer fruto tuvo un parto difícil y forzado, se desangró en el curso de la operación obstétrica. Murió irremisiblemente y el niño pudo sobrevivir a la tragedia de un parto que habría manejado mejor la tradicional comadrona del pueblo.  Que raya tenebrosa para aquel señor a quien hubiera querido respetar hasta poco antes de que lo consumiera la inclemente cirrosis de la bohemia. Elena se fue.  Ella como que presentía el fatal destino pues pretendió evadirlo sin llegar a consumar su deseo de enclaustrarse en un convento distante de la vida  profana.  Se fue la niña sin poder decir adiós.  Se fue dejando atrás el silencio de su visión azul y la sal que terminó  de curtir el alma doliente de su madre.